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La carencia de una tradición narrativa boliviana

Desde los años 80, el escritor paceño ha optado por una narrativa de metrópoli

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La carencia de una tradición narrativa boliviana

Escritores y académicos ofrecen su punto de vista sobre la existencia de una forma de escribir en la literatura boliviana. Varias novelas son impuestas por el sistema educativo.

Juan Colque Bautista (38) mira indeciso los libros. Camina por el pasillo largo del pasaje Núñez del Prado viendo los quioscos verdes, tratando de elegir algún texto. Recuerda que en el colegio Ayacucho sus profesores de Literatura le hicieron leer dos veces La niña de sus ojos, de Antonio Díaz Villamil, después otros textos de autoayuda y pare de contar. Sus maestros le dijeron que la historia de la literatura en Bolivia empieza con este texto de Díaz Villamil y termina con él. En este momento, en la indecisión de Juan Colque surge una pregunta: ¿Existe un canon narrativo literario, una tradición de escritura en nuestra nación?

El escritor y editor de Gente Común, Ariel Mustafá, explica que en los primeros años de esta República se gestó una forma de escritura con las novelas fundacionales Juan de la Rosa, Raza de Bronce y La Chaskañawi, entre algunas. Afirma que estos relatos marcaron una época por la calidad de escritura que tienen; sin embargo, dice que si se puede hablar de un canon, de una tradición de escritura boliviana, éste sería el único momento en el que se podría definirla con esta narrativa que seguía una sola lógica maniqueísta (personajes que representaban la lucha social que vivía el país). El punto de ruptura de esta forma de escribir surgiría en 1957, año en que la narrativa daría un paso nuevo hacia la ficción.

Juan se acerca a uno de los libreros. “¿Qué libro boliviano me recomienda?”, le pregunta. El librero no lo mira. Agarra de su estante Evo en el paraíso, de Juan Carlos Flores Escobar. Juan lo hojea y lo devuelve. “¿Algo que no trate de política?”, consulta nuevamente. El librero le ofrece Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, y El delirio de Turing, de Edmundo Paz Soldán, pero le advierte que muy poca gente las compra, indica que prefieren autores del exterior y, sobre todo, El Kama Sutra. “Tengo uno con dibujos y nuevas posiciones”, le ofrece el librero.

En 1957 se escribe el libro de cuentos Cerco de Penumbras, de Oscar Cerruto. Mustafá dice que éste es el punto de inflexión donde la literatura boliviana cambia de rumbo, donde la ficción prevalece ante los hechos históricos y sociales. Dos años después aparece Los Deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz. “Con esta novela se rompe el espejo de la realidad, se frena el chauvinismo de lo nacional (aquella exaltación de la nación a través de la narrativa literaria)”. Agrega que desde estos dos momentos ya no se puede hablar de una sola forma de escribir narrativa. Éste sería el instante en que se quiebra la tradición, donde el canon desaparece.

Julia Quenallata (21) es madre soltera. Su bebé duerme en su regazo. Está sentada al lado de la puerta de la Casa de la Cultura Franz Tamayo. “Cuando era niña me hicieron leer Raza de bronce. Jamás pasé de la primera página”, sonríe. Explica que los libros que le daban para leer en el Liceo Venezuela eran más de historia que de narrativa. “La fuerza de Sheccid, de Cuauhtémoc Sánchez, fue el único que me gustó. Cada libro boliviano que leía lo aborrecía, me eran muy aburridos”.

Adolfo Cárdenas, escritor paceño (Periférica Blvd., Fastos Marginales), afirma: “Obedecemos a formas canónicas occidentales”. Explica que Bolivia llegaría a ser un espacio marginal frente a la literatura del occidente, pero que hay que ser cuidadoso cuando se quiere definir una sola forma de escribir la literatura. “Somos parte de una dinámica historica muy veloz que no permite fijar una tradición narrativa determinada”.

El bebé despertó, está llorando. Julia trata de que se calme arrullándolo. “Creo que si existen escritores bolivianos, éstos deben ser muy poco reconocidos. Además, quién puede vivir sólo de la escritura. Yo trabajo 11 horas diarias y no me da tiempo de leer”, cuenta Julia. Explica que la única novela boliviana que terminó de leer y que fue por obligación, “si no el profesor me tiraba, fue Metal del diablo (de Augusto Céspedes). Ya no me acuerdo, creo que trataba de un minero o de las minas. Sólo recuerdo que en la tapa estaba un gordo y detrás de él un diablo de Carnaval”.

“Una literatura boliviana no creo que exista”, dice Cárdenas. Explica que tal vez países con mayor desarrollo relativo hayan formado una tradición. Éste sería el caso de Argentina y México, hablando de Latinoamérica, apoyados en criollos que asumieron una representación nacional. “La literatura gaucha en Argentina y la literatura de la revolución mexicana intentan fundar una tradición”.

Roberto Mamani Valencia (45) es profesor rural paceño. Trabaja diez años en la localidad de Patamanta, una población que se encuentra muy cerca de la carretera a Copacabana. “Soy profesor de Matemática, Literatura y Lenguaje”. Explica que los libros de narrativa boliviana que da a leer a sus estudiantes son Raza de bronce, de Alcides Arguedas; La niña de sus ojos, y nada más.

Cárdenas explica que el problema de no poseer una tradición no sólo es un dilema boliviano, sino es un proceso latinoamericano que obedece a imposiciones occidentales. En este caso, las propuestas que se ofrecen a este lado del continente siempre son sometidas por formas literarias del occidente. “Hablando de la literatura contemporánea, los nuevos escritores, en estos últimos años, adquirieron un gusto por la escritura con base en el género policial negro. Esto no surge en Bolivia, sino en el extranjero”.

“Yo les enseño a leer y escribir. No necesito que conozcan más. Tampoco ellos quieren conocer más. Es necesario tomar en cuenta que cuando uno de mis alumnos sale de la escuela se dedicará a tareas manuales. ¿Por qué es necesario que recuerde una novela determinada?”, pregunta Roberto. Cuenta que alguna vez quiso intentar hacerles leer algunas novelas más allá de las que ofrece cada año, pero la única que aceptaron fue La gula del picaflor, de Juan Claudio Lechín, “porque mis alumnos dijeron que es un libro chistoso. Ésa fue la única vez que ellos terminaron de leer un libro que les ofrecí. No sucede lo mismo con Raza de bronce, ni con La niña de sus ojos. Estas novelas jamás las terminan de leer. Con eso basta por un año. Cuando estudiaba para ser profesor me inculcaron que son novelas necesarias, por eso las doy”.

El docente de la Carrera de Literatura, de la Universidad Mayor de San Andrés, Omar Rocha Velasco, se refiere al canon literario como “un conjunto de obras que por varias razones son consideradas clásicas, representativas de una región, de un país, de la literatura en general, y eso de ser canónicas implica permanecer un poco en el tiempo”, aunque también resalta que canon y obra clásica no son lo mismo, pero comparten una relación.

“Las obras que conozco de la narrativa boliviana son La Chaskañawi, Juan de la Rosa, Sangre de mestizos, La gula del picaflor, Raza de bronce, Pueblo enfermo (de Alcides Arguedas), El metal del diablo, Las crónicas del Papirri (de Manuel Monroy Chazarreta)”, comenta Rodolfo Sonco Tellería (25), estudiante de segundo año de Derecho. Dice que esa lista le inculcaron los profesores de Literatura y Lenguaje en el colegio, además de realizar algunas lecturas propias por curiosidad.

Omar Rocha aclara que hay diferentes vías para determinar los cánones literarios. Hay una que es la más comercial y se establece a través de las editoriales, muchas veces por medio de los concursos (Premio Nacional de Novela, por ejemplo). Otra muy diferente es el canon que establecen los académicos y los propios escritores como en el caso de Jaime Saenz (Felipe Delgado, Los cuartos, El escalpelo, Los papeles de Narciso Lima Achá) que crea su propio canon leyendo a Thomas Mann con su Montaña mágica o Adolfo Cárdenas que tiene por libro casi de cabecera a Gilligan Sweet, de Joyce.

“En el colegio sólo te dan un vistazo de algunas novelas bolivianas, después todo es extranjero. Recuerdo más a Paulo Coelho que a Arguedas”, dice Rodolfo. Afirma que los autores de narrativa boliviana son desconocidos para el lector común y que sólo la mayoría de los lectores académicos se dedican al estudio de obras literarias que se encierran en un círculo hermético.

Omar Rocha dice que el canon literario en Bolivia está definido por los programas educativos donde prevalecen las novelas fundacionales como Raza de bronce, La Chaskañawi, La niña de sus ojos, La candidatura de Rojas (Armando Chirveches). “Esas obras van formando un canon literario en Bolivia y es muy fuerte, porque es lo que tradicionalmente se lee”. También explica que existe un canon más académico, que puede incluir las mismas obras, pero se hacen lecturas diferentes —de un estudio analítico—, eso incluye Juan de la Rosa.

Juan Colque preguntó a la mayoría de los libreros por novelistas bolivianos. Gran parte de las casetas verdes estaban cerradas. La tarde daba su paso hacia la noche. Algunos vendedores ambulantes bajaron las gradas que da hacia la avenida Colón. Los libreros le ofrecieron principalmente Juan de la Rosa, La gula del picaflor, Metal del diablo, un resumen de Raza de bronce, La niña de sus ojos y varios libros sobre el presidente de Bolivia, Evo Morales. Juan no pudo decidirse por ninguno de los escritores nacionales, prefirió las imágenes de las mil y un posturas del Kama Sutra.

Por Mauricio Rodríguez Medrano y Lena Wendy Pérez Varela*

*Estudiante de la Carrera de Literatura de la UMSA.

La ciudad como personaje literario

Ariel Mustafá opina que durante la dictadura, allá por el año 1979, Jaime Saenz con su Felipe Delgado irrumpe con una forma de literatura que posteriormente instaurará un modo de escribir en el occidente: una literatura en la que la ciudad prevalece como un centro de las historias. En cambio, el sector del oriente tendría una presencia tardía del realismo mágico establecido en la tradición latinoamericana en el boom. Las novelas El otro gallo, de Jorge Suárez, y Luna de Locos, de Manfredo Kempff, un poco después, en los años 90, serían un claro ejemplo.

Adolfo Cárdenas afirma que en esta etapa, a partir de Jaime Saenz, existió una preponderancia en realizar una narrativa con un personaje importante: la ciudad, aunque en una metrópoli marginal, donde el centro estaba en la oscuridad, en la noche, en los recovecos de La Paz, muy diferente a la literatura cochabambina que se gesta en espacios abiertos, a la luz del día, con un vaso de chicha al lado y una buena comida, como dice Ramón Rocha Monroy (Potosí 1600, Ando Volando Bajo, La Casilla Vacía).

Los trayectos de la narrativa boliviana en los últimos años

Wilmer Urrelo, escritor paceño (Premio Nacional de Novela 2007), afirma que la literatura contemporánea en Bolivia tiene nuevos respiros y “un panorama más amplio para el escritor boliviano”. Calcula que a finales de los ochenta, el escritor boliviano se dedicó mucho más a temas que salieran del contexto político, social e histórico. “Edmundo Paz Soldán (Río fugitivo, El delirio de Turing) con su cuentística (el cuento Dochera fue premio Juan Rulfo en 1997) cambió el panorama de la literatura. Ahora se escribe distinto, por fortuna. Nos hemos quitado esa necesidad de querer explicar el país a través la narrativa”.

Adolfo Cárdenas explica que en los últimos tiempos la literatura en Bolivia no genera una propuesta determinada, una forma de proponer “lo boliviano” y por esta razón no puede gestar una tradición, más bien sigue dominada por la influencia del exterior que sólo afirmaría que hablar de canon es una tarea casi imposible.

Urrelo plantea que las clasificaciones en la literatura no son tan válidas porque el escritor tiene sus propias influencias que le dictarán una forma de escribir. “No se puede reducir a una tradición la literatura en Bolivia. Más bien habría que hablar de cada influencia que tiene cada escritor”. Agrega que, en particular, el escritor latinoamericano lee de todo, porque le llega toda clase de literatura: la europea, la estadounidense, asiática y la misma latinoamericana. En este sentido, tendría mayor riqueza ya que obtiene varias formas de realizar narrativa.

Datos históricos sobre el canon narrativo de la literatura boliviana

Por Omar Rocha Velasco / Catedrático de literatura de la UMSA

Gabriel René Moreno fue posiblemente el primer “canonizador” que hay en Bolivia, uno de los primeros estudiosos junto a Santiago Vaca Guzmán. Ellos ordenaron la literatura boliviana. Hay testimonios maravillosos, cartas muy conmovedoras en las que Gabriel René Moreno pedía libros sobre Bolivia a todos sus conocidos. Él empieza a hacer su estudio de poesía, pero también de narrativa, empieza a clasificar un poco las obras.

Luego esa herencia continúa con Carlos Medinaceli, “Cachín” Antezana. Se dice que Medinaceli es el inventor de la literatura boliviana porque es quien intenta estudiar, analizar y comentar obras que a él le han parecido importantes.

Posteriormente están René Arce, Enrique Finot, toda una serie de historiadores de la literatura que intentan hacer un canon. Siempre se anda tratando de renovarlo y siempre es en cuestionamiento a lo anterior.

Cada forma de querer definir una tradición cuestiona a la otra. Las listas que se realizan sobre la literatura boliviana pretenden clasificar para hacer más fácil el estudio.

29-12-2008
Fuente: La Prensa

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