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Jean Marie Le Clézio, el buen salvaje

Jean Marie Le Clézio

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Jean Marie Le Clézio, el buen salvaje

El último 9 de octubre, Jean Marie Gustave Le Clézio llegó a la gloria literaria al obtener el Premio Nobel. Muchos en el mundo se sorprendieron, y aun se preguntaban quién es este autor.

Entonces se encontraron con un maduro caballero de infinita elegancia y una extensa obra marcada por el multiculturalismo, la fiebre de los viajes y el afán por conocer nuevos horizontes. Al calor del gran premio, sus libros empezaron a aparecer en nuestras costas. Aquí ofrecemos un perfil de Le Clézio y una introducción a las obras más significativas que por estos días pueden conseguirse en las librerías del país.

Centésimo quinto autor premiado, nonagésimo sexto hombre, decimocuarto francés, segundo en saber maya (el otro había sido Miguel Angel Asturias) y el primero, tal vez, en tener un aire de actor nouvelle vague tan marcado que, cuando lo eligieron en la revista Lire como el mejor escritor francés vivo, le preguntaron si no había desplazado a Modiano, Julien Green, Jean d’Ormesson y Julien Gracq un poco por su aspecto físico. “Eso no quiere decir nada pero, efectivamente, el físico puede contar”, respondió. El Premio Nobel concedido en 2008 a J.M.G. Le Clézio constituyó, sobre todo, una gran sorpresa: unos días antes del anuncio, los que buscaron en Google Noticias la nómina de los candidatos al Nobel pudieron detectar en la web de un periódico español el nombre del futuro ganador perdido entre los candidatos de más peso y curiosamente presentado como “Jean Marie Le Clézio, una escritora francesa que empezó a sonar con un poco más de fuerza”.

Hasta el jueves 9 de octubre de 2008, justamente, Le Clézio era en gran parte del mundo un escritor raro, es decir, casi un desconocido. Mientras que en Francia era un escritor rare, es decir, poco frecuente y, sobre todo, muy misterioso: a pesar de haber contado con importantes reconocimientos en ese país –ganó el Renaudot con sólo 23 años por su primera novela édita Le procès verbal (El atestado, 1963), el premio Paul Morand en 1980 por Desierto y, ahí va de nuevo, fue elegido en una encuesta de la revista Lire de 1994 como el más importante escritor francés vivo–, Le Clézio siempre les escapó a las costumbres intelectuales francesas tan adeptas a grupetes, cócteles y apariciones en TV. Lo cual no significa que sea un escritor indiscutible ni mucho menos pero sí que cuenta con una obra fuera de lo común, que se sostiene por sí sola, lo cual hoy por hoy no es poco.

Al respecto hay algo que lo distingue de lo que se suele asociar con la idea de escritor: mientras muchos simulan hablar de todo cuando en realidad hablan de sí mismos, la obra de Le Clézio, por el contrario, parte de su biografía para escapar de ella y, finalmente, hablar de un abuelo, su padre o quien sea con ánimo de universalidad. Mucho tiene que ver, seguramente, su impresionante bagaje cultural pre internet, que va de lo libresco a la botánica pasando por todo lo que se puede aprender en una vida a condición de dormir muy poco (cabe aclarar que Le Clézio sufrió toda su vida de insomnio). En cuanto a su estilo, si bien es cierto que es muy inestable, tiene un marcado realismo que siempre esconde algo mágico y, sobre todo, el don de recolectar la poesía del mundo sin hacer uso de frases poéticas ni palabras sospechosamente literarias.

Jean Marie Gustave Le Clézio nació el 13 de abril de 1940 en Niza, proveniente de una familia que, en el siglo XVIII, emigró a Isla Mauricio, donde el autor pasó los primeros años de su infancia y a la que considera su verdadera patria dentro de su naturaleza nómada. Luego esa familia atravesaría una diáspora entre Nigeria (su padre), Trinidad y Tobago (su tío) y París (su abuelo materno). En bretón, Le Clézio significa “les enclos” (“los cercados”), algo bastante paradójico para un hijo de un inglés y una bretona que, antes de recibirse de licenciado en Letras y de que le robaran la única copia de su tesis sobre Lautréamont en el aeropuerto de Albuquerque, quedó fascinado de chico con El libro de las maravillas de Marco Polo, a los ocho años viajó a Nigeria para conocer a su padre, provocó un escándalo al denunciar la prostitución infantil de Tailandia en una entrevista con Le Figaro luego de haber viajado a ese país, se volvió adicto a la ciudad de México y lo demostró por escrito en una novela que cuenta el amor entre Frida Kahlo y Diego Rivera y, sobre todo, en su brillante El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido (1988), fue definido por la Academia Sueca, justamente, como escritor de la ruptura, y hasta es tomado por Deleuze como ejemplo de lo que él llama, en su Abécédaire, los viajes inmóviles. Paradójico el significado de su nombre, en definitiva, si tenemos en cuenta que tan sólo para presentar sucintamente su vida hace estricta falta un planisferio.

El Nobel 2008 será recordado, entre otras cosas, por lo que dijo Horace Engdahl, secretario permanente de la Academia Sueca, días antes de la entrega: “la literatura norteamericana es incapaz de participar en el gran diálogo de la literatura”. Sin embargo, en varias oportunidades, Le Clézio confesó que su primer libro lo escribió bajo influencia de J. D. Salinger, a tal punto que, por entonces, empezó a hacer otra novela –con un guiño a Albonico y Daisy, personajes del escritor oculto– que nunca terminó pero fue absorbida por El atestado. Sobre el autor que la semana pasada cumplió 90 años, Le Clézio maneja una sorprendente hipótesis de lectura: “Yo pensaba que Salinger tenía una línea directriz que era el budismo zen, que sobre ese tema él hacía evolucionar sus personajes y construir su obra. Creo que todos sus relatos muestran algo de eso y, sobre todo, la adaptación del mundo neoyorquino al budismo zen, el mundo de la infancia así abordado no es otra cosa que una metáfora de ese encantamiento absoluto”. Por su parte, ya una vez enterado del Nobel, en una conferencia de prensa bajo la mirada del mundo, se animó a responderle a un periodista que le preguntaba si había entre los autores norteamericanos quien se mereciera ese mismo premio: “Sí, seguramente. La literatura norteamericana es muy atípica. Al contrario de la francesa, no tiene un centro. Emana de todo tipo de estados y escritores que son muy distintos y están lo suficientemente lejos unos de otros. Por eso no creo que pueda hablarse de la literatura norteamericana sino que es necesario distinguir porque se trata de una literatura multiforme”.

En cuanto a la recepción del Nobel por parte de los críticos, las aguas estuvieron bastante divididas, más allá de cierta indiferencia rencorosa de algunos medios norteamericanos. Sin duda, una de las críticas más llamativas fue, como decíamos, la del chileno Camilo Marks, que salió a decir que Le Clézio es “una lata, como todos los escritores franceses del Noveau Roman y de esa época, y será olvidado en dos años”.

Lo cierto es que Le Clézio es de esos escritores que parecen adelantarse varios años a las críticas que les hacen los que no lo leyeron nunca. Muchos le endilgan el aburrimiento característico del Nouveau Roman, movimiento del que aun cuando pueda compartir algunos rasgos, Le Clézio se cansó de negar no sólo su influencia sino también que le interese como lector. Pero la más absurda de todas las críticas es la que le reprocha bastardear la literatura usándola como un mero medio para expresar sus ideas políticas sobre el colonialismo y los aborígenes (universo al que admira pero jamás trató en términos idílicos), lo cual es desmentido en sus propias novelas (muchas de las cuales son lo suficientemente opacas para sostener ese argumento) y, otra vez, en diversas entrevistas en las que aclaró estar en contra de la literatura de tesis, y en una de las cuales hilvanó una frase preciosa: “Creo que los escritores no están para salvar el mundo sino para sufrirlo”.

Por Juan Pablo Bertazza

04-01-2009
Fuente: Página 12

 

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