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La poética en la nueva literatura o la ausencia del compromiso literario

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

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La poética en la nueva literatura o la ausencia del compromiso literario

Si bien es cierto que las épocas sellan a fuego el comportamiento general de los individuos que las integran o padecen, no siempre una nueva moda irrumpe con el firme propósito de aferrarse durante décadas por méritos de su calidad.

En la lectura de varios autores contemporáneos a los que se puede acceder en la actualidad –suele internet ofrecer de manera arbitraria aquella información sin egoísmos impuros; otras veces se hace evidente la biblioteca tradicional- se vislumbra una marcada tendencia a un estilo literario que difiere bastante de aquel que supo ser punto de inflexión en la nueva literatura.

Si bien es cierto que las épocas sellan a fuego el comportamiento general de los individuos que las integran o padecen, no siempre una nueva moda irrumpe con el firme propósito de aferrarse durante décadas por méritos de su calidad –la repetición en estos casos obra de manera favorable a la sedimentación de las modas actuales.

Uno puede leer un cuento de Bioy Casares, Cortázar o Borges -por nombrar a aquellos que sin querer o queriendo fundieron las bases de la nueva literatura latinoamericana- y devendrá en un tarea imposible no encontrarse con un fondo poético detrás de cada narrativa. Esta variedad de escritores –y me atrevo a sumar un número mayor a esta lista que por su extensión y reconocimiento moral no pondré en esta breve nota- se distinguía por llevar de igual manera al papel historias casi cinematográfica, tal el caso de Bioy Casares, o nimiedades de aparente distancia literaria, sin perder un céntimo de su atrapante escritura. La literatura, arte demandante de correcciones como pocos, si no puede prescindir de su contenido, porque algo se debe contar -para eso se escribe- menos puede prescindir de la forma. Vasta tarea han tenido que enfrentar esta generación de escritores que hicieron de la gran pregunta de la literatura, el cómo, un dogma al escribir. Si improbable es dudar de que la primera pregunta fue qué contar, más improbable será negar que la segunda surgió por simple pulsión de la primera: cómo lo escribo.

La obra literaria no debería tener las herramientas inherentes a la periodística. Resultará menor relatar un hecho periodístico de forma literaria en el diario de las 6 de la mañana. De igual manera no emergerá del llano la redacción de un cuento o una novela narrada con un estilo afín al periodismo. Si llovió copiosamente en Madrid el día de ayer y hoy se esperan precipitaciones aisladas para el resto del día, seguramente usaré un paraguas y sacaré un impermeable de la valija a mi arribo y estaré agradecido y feliz por no desconocer el pronóstico del tiempo en el día de hoy. Pero si no voy a ir a Madrid y no me interesa si está lloviendo o va a llover y en cambio prefiero recostarme en algún sillón de terciopelo verde evocando un asesinato de Cortázar o leyendo la inmortalidad que propone Borges en algunos de sus cuentos, seguramente leer que “llovió copiosamente” no me va a producir la misma sensación que si leo “llovió con lentitud poderosa”, tal como lo dice magistralmente este último en El Inmortal. Esa diferencia del sentido de las palabras, que no son extrañas ni extravagantes, a las que no hay que buscarlas en un diccionario para comprender su significado, hacen que un escritor evoque un hecho literario. Muchas novelas, especialmente aquellas que la reciente modernidad –permítanme esta obviedad- ha bautizado como históricas, han favorecido el acercamiento de la obra literaria a la periodística y no al revés.

Remite a las idas y vueltas del azar encontrar entre tantos libros publicados por los grupos editoriales nacionales -e internacionales- alguna obra literaria que no se encuentre salpicada por un periodismo subyacente, informativo, casi enciclopédico en su forma de contar.

Pero la razón de una literatura ausente no es responsabilidad de una obra periodística que se multiplica exponencialmente a través de los medios de comunicación, sino que se debe buscar su causa en la falta de poética de la misma. Cuando un texto, cualquiera que se ajuste a una narrativa preliminar y no menos nimio, no se alimenta de poesía, promueve una linealidad más exigente y menos imaginativa. Es difícil sostener una novela fuera de lo poético como obra literaria –me atrevo a decir que muchas que se precian de ser tales no lo son. No dudo –no dudé nunca- que Juan José Saer no hubiera podido sostener la trama de El limonero real más allá de unas cuantas páginas si descuidara lo poético –recordemos que toda la novela transcurre apenas en un fin de semana. Revertir el tiempo en infinitos instantes es obra de la literatura y un mérito exclusivo de ella. Imagino a Cortázar relatando la fatalidad de un señor al ponerse un pulóver en un piso doce si la poesía no estuviera presente. No sería menos que un fortuito hecho policial.

Hugo Mujica decía que dar a luz en la poesía era permanecer en la sombra. La narrativa debería volver a las sombras por instantes, aunque no fuera poesía, como signo inequívoco de seducción.

Por Ricardo Cardone

23-01-2009
Fuente: Escribirte.com.ar

 

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