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Los cuentos de Horacio

Los cuentos de Horacio Quiroga, con edición y estudio preliminar de Luis Benítez

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Los cuentos de Horacio

Una flamante edición a cargo de Luis Benítez, recoge los mejores libros de cuentos del escritor Horacio Quiroga.

Horacio Quiroga es el maestro indiscutible del cuento latinoamericano. Nadie como él logró antes fundir en un mismo crisol elementos clásicos de la literatura europea, influencias de la narrativa norteamericana y tradiciones, símbolos y ambientes del Río de la Plata.

En "Los cuentos de Horacio Quiroga", con edición y estudio preliminar de Luis Benítez, se reúnen sus mejores libros de cuentos: "Cuentos de amor, de locura y de muerte", "Cuentos de la selva", "El Salvaje", "Anaconda", "El desierto" y "Los desterrados".

Aquí, un fragmento del capítulo uno del libro.

Una niñez poco común

Horacio Silvestre Quiroga Forteza, hijo de Prudencio Quiroga -el vicecónsul argentino en Salto, Uruguay- y de la uruguaya Pastora Forteza, nació el último día de 1878. Por la línea paterna era descendiente del caudillo riojano Facundo Quiroga.

Prudencio tenía una pasión, que era la caza, afición que luego heredó su hijo. Había comprado una chacra en San Antonio Chico, cerca del arroyo del mismo nombre, donde abundaba entonces la caza menor.

Acostumbraba ir siempre armado, como muchos hombres de su época, pero cuando salía en una partida agregaba a su arsenal una escopeta de adecuado calibre. Su esposa, Pastora, solía a acompañarlo con el bebé. En marzo de 1879, cuando el pequeño Horacio contaba menos de tres meses de edad, el vicecónsul argentino y su familia se embarcaron en una pequeña canoa, buscando patos salvajes entre los juncos del arroyo. Al volver, Pastora, que cargaba al niño, descendió primero de la embarcación, mientras su marido recogía la caza y el arma. Al intentar Prudencio desembarcar a su vez y amarrar la canoa, resbaló en el barro de la orilla y la escopeta se le disparó por accidente, ocasionándole una muerte instantánea. Horrorizada, Pastora saltó hacia atrás y el niño se le cayó al suelo, golpeándose y echando a llorar.

Este sería apenas el primer episodio trágico en la vida de nuestro autor, de los muchos a los que asistiría y de aquellos que, inclusive, lo tendrían como coprotagonista.

Después de la tragedia, la viuda y sus hijos emigraron a una propiedad en Córdoba, ante la necesidad de atender la afección respiratoria de una de las hermanas de Horacio, Pastora. En las sierras cordobesas, el niño desarrolló su afición a los paseos y los deportes al aire libre, entre ellos, el ciclismo.

Curada la enfermedad de Pastora, los Quiroga retornan a Salto, Uruguay, donde Horacio ingresa al colegio Hiram para cursar sus primeros estudios. Es un niño retraído, aunque propenso a los ataques de furia ante la menor provocación, y no se destaca particularmente en ninguna disciplina, excepto en los deportes.

En 1890 comienza sus estudios secundarios en el Instituto Politécnico de Salto, interesándose por la lectura y destacándose en el estudio de letras y literatura. La orientación técnica de la institución educativa lo lleva a interesarse también por la mecánica, la química y la fotografía, convirtiéndose esta última en una afición que no hará otra cosa que incrementarse a lo largo de su vida.

Su madre, en tanto, se dispone a reencaminar su vida, contrayendo enlace con Ascencio Barcos en 1891. Horacio aprende a amar a su padrastro, a cuyo afecto y atenciones terminan por rendirse tanto él como sus hermanos. Es una etapa relativamente feliz para los Quiroga-Barcos, que se trasladan a vivir a Montevideo, donde Horacio ingresa al Colegio Nacional.

Al contraer enlace con Barcos, su madre le había asignado a Quiroga un tutor, el notario Alberto Semblat, quien tenía que vérselas pacientemente con las veleidades del jovencito, exigente a la hora de reclamarle fondos para sus investigaciones y repentinos caprichos. Su finado padre no había dejado precisamente una gran herencia, aunque durante algún tiempo sería suficiente para las necesidades del joven huérfano. Sin embargo, el atribulado notario se las veía negras en su tarea de intentar conservar algo de metálico para cuando el muchacho cumpliera los 21 años de edad y pudiera disponer a sus anchas del legado paterno, si era que algo quedaba de la suma inicial.

Nuevos intereses agitarán entonces el espíritu del joven Quiroga: reparte sus horas entre el estudio y prolongados períodos en compañía de un compañero de escuela, cuyo padre posee un taller de reparación de maquinarias. Para la curiosidad innata de Quiroga, aquel taller es una fuente constante de nuevos conocimientos. No pierde detalle de nada y abruma a preguntas a los operarios y al propietario, hasta convertirse él mismo, a temprana edad, en un mecánico más que regular. Estos conocimientos le serán de muchísima utilidad años después, cuando enfrente el aislamiento y las necesidades en la selva misionera.

Él mismo reparará su Ford A, su motocicleta Harley Davidson, su modesto bote a motor. Montará su propio taller y, cuando la distancia y las demoras le impidan conseguir un indispensable repuesto desde la lejana Buenos Aires, se las ingeniará para fabricarlo él mismo, con las piezas y las herramientas a su alcance.

Sin embargo, en esta etapa de su vida que estamos reseñando, todo aquello está bien lejos. Quiroga es todavía un adolescente febril, que va y viene del taller a las clases, ansioso por apropiarse de todo tipo de conocimientos y también de destacarse por sus logros deportivos.

Tras dos años de permanecer en Montevideo, la familia vuelve a la ciudad de Salto.

Vida y obra

Luis Benítez nació en Buenos Aires en 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, Estados Unidos, con sede en la Columbia University; de la International Society of Writers (EE.UU.), de World Poets Society (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (India).

Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poetes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia.

Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996) por "Tangos del mudo"; Primer Premio Internacional para Obra Publicada "Macedonio Palomino" (México, 2008). Finalista del Premio La Nación de Novela 2006 con "El Metro universal", y del Premio Clarín de Novela 2008 con Sombras nada más. Su obra se ha publicado en Argentina, Chile, España, EE.UU., México, Venezuela y Uruguay, y ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán y macedonio.

18-02-2009
Fuente: Télam

 

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