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El diccionario amoroso de Vargas Llosa

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El diccionario amoroso de Vargas Llosa

La obra más reciente del escritor peruano, Diccionario del amante de América Latina, es una suerte de enciclopedia con las definiciones de diversos temas.

Yo descubrí América Latina en París, en los años sesenta. Hasta entonces había sido un joven peruano que, además de leer a los escritores de mi propio país, leía casi exclusivamente a escritores norteamericanos y europeos, sobre todo franceses.
Con excepción de algunas celebridades, como Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, apenas conocía a alguno que otro escritor hispanoamericano y en esos años jamás pensé en América Latina como una comunidad cultural sino más bien como un archipiélago de países muy poco relacionados entre sí...”
Así comienza Vargas Llosa su último libro, Diccionario del amante de América Latina que reúne textos dispersos (y alguno inédito, como el dedicado a Fidel Castro) de épocas muy diversas y que, en España, lanza la próxima semana la editorial Paidós. Como anticipo, algunas definiciones.

América Latina. La visión que ofrece América Latina es lastimosa: la de un mundo que no consigue complementar su clara vocación democrática con políticas imaginativas y pragmáticas que le hagan participar cada día más de los beneficios de la modernidad.

Castro, Fidel (1927). La única vez que conversé con Fidel Castro –aunque tal vez sea una exageración el empleo de la expresión “conversar”, porque Fidel Castro, en su convencimiento de ser un semidiós, no admitía interlocutores, sino tan sólo oyentes–, me sentí enormemente impresionado por su energía y su carisma. Ocurrió una tarde de 1966, en La Habana. Éramos un pequeño grupo de escritores y fuimos conducidos, sin más explicaciones, a una casa del Vedado. Fidel no tardó en presentarse. Habló durante doce horas seguidas, hasta bien entrada la madrugada, sentándose y levantándose, gesticulando sin cesar, mientras encendía sus enormes cigarros, sin dejar traslucir el menor síntoma de fatiga. Nos explicó la forma más adecuada de tender emboscadas y la razón por la cual mandaba a los homosexuales a trabajar a los campos, en batallones disciplinarios. Nos anunció que el Che volvería a aparecer pronto al frente de un grupo guerrillero, y luego teorizó, bromeó, contó anécdotas, sin dejar de tutearnos ni de dar palmaditas en la espalda a todo el mundo. Cuando se marchó, tan fresco como había llegado, todos estábamos exhaustos y maravillados.

Fuentes, Carlos (1928). Hay en Fuentes, siempre, una especie de irremediable optimismo que resulta contagioso. Cuando habla de lo que está escribiendo, o de lo que acaba de leer, o de lo que hará mañana, parece que estuviera diciendo: “Me saqué la lotería”. Con perversidad le cuento que oí a alguien, no hace mucho, decir que atacar a Carlos Fuentes se había convertido en el deporte nacional mexicano. Él se ríe, feliz: como chiste es excelente, dice. Él no tiene tiempo para atacar a nadie, en todo caso: con escribir, leer y viajar ya tiene de sobra.

García Márquez, Gabriel (1927). La aparición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, constituye un acontecimiento literario de excepción: con su presencia luciferina esta novela que tiene el mérito poco común de ser, simultáneamente, tradicional y moderna, americana y universal, volatiliza las lúgubres afirmaciones según las cuales la novela es un género agotado y en proceso de extinción.

Intelectual. Yo distingo entre el creador y el intelectual, porque entiendo que al escritor, al creador, se le presenta específicamente una disyuntiva de completa dilucidación. Creo que ambos –el intelectual y el creador– deben ocupar un puesto en la lucha por la liberación nacional, en cuanto ciudadanos. Ahora bien, creo también que, como hombres de cultura, nosotros los escritores de países subdesarrollados –concretamente, latinoamericanos– no tenemos nada que lamentar en la desaparición de un sistema que luchamos por destruir o remplazar.

Neruda, Pablo. Neruda fue el primer poeta cuyos versos aprendí de memoria y recité de adolescente a las chicas que enamoraba, al que más imité cuando empecé a garabatear poesías, el poeta épico y revolucionario que acompañó mis años universitarios, mis tomas de conciencia políticas, mi militancia en la organización Cahuide durante los años siniestros de la dictadura de Odría.

Teatro. Si en la Lima de los años cincuenta, donde comencé a escribir, hubiera habido un movimiento teatral, es probable que, en vez de novelista, hubiera sido dramaturgo. Porque el teatro fue mi primer amor, desde que, todavía de pantalón corto, vi en el Teatro Segura una representación de La muerte de un viajante de Arthur Miller, por la compañía argentina de Francisco Petrone. Pero, escribir teatro, en la Lima de aquellos años, era peor que llorar: condenarse, o poco menos, a no ver nunca lo que uno escribía, de pie en el escenario, algo todavía más triste y frustrante que, para un poeta o novelista, morir inédito.

Utopía. El XIX fue sobre todo el siglo de las utopías. Es el siglo donde progresa la idea de que la sociedad perfecta es posible, que la puedes diseñar, que la puedes incluso incrustar en la realidad o la puedes encontrar en el mundo en un lugar remoto. Y tanto Flora Tristán como Gauguin encarnan un poco esa búsqueda de la utopía en ámbitos diferentes. Yo soy un utópico en todo menos en política. Creo que en política hago esfuerzos denodados, por lo menos desde hace treinta años, para ser realista, gradualista, democrático. La utopía es la negación de la democracia o, mejor dicho, la democracia es la negación de la utopía. La democracia es lo posible, lo imperfecto, parte del supuesto de que la sociedad perfecta no existe ni va a existir nunca, que la sociedad sólo puede ser perfectible y que esa mejora sólo será una realidad si se encara simultáneamente en muchos ámbitos. Creo que eso es lo que ha traído los mayores progresos en política.

19-11-2006
Fuente: La última

 

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