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Desvelos de dos biógrafos

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Desvelos de dos biógrafos

Tanto Jorge Luis Borges como Gabriel García Márquez inscribieron, en la trama de sus autobiografías, la historia de sus países.

Cuando Borges publicó en el semanario The New Yorker el perfil en el que narraba su vida, le interesó hablar, más que de sí mismo, de sus antepasados guerreros, que libraron batallas bárbaras y desatinadas en lo que, a fines del siglo XIX, se llamaba ''el desierto argentino''.
También las memorias de García Márquez, que se publicaron en 2002 con el título Vivir para contarla, registran un linaje nacional que se pierde en las revoluciones tempranas del Caribe. Los antepasados del autor, el coronel Márquez y el telegrafista García, así como las familias interminables que ambos engendraron, encarnan el destino de la patria colombiana no como protagonistas sino como víctimas o testigos. García Márquez y sus antepasados son el ávido viento que recoge todo lo que encuentra a su paso: desde las guerras civiles de las que participa el abuelo materno hasta el fusilamiento de tres mil manifestantes durante la huelga que acaba con la compañía bananera, en 1928.
A diferencia de Borges que insiste en su apego a la verdad , García Márquez declara, desde el epígrafe, que sus recuerdos pueden ser falsos. ''La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda'', advierte, para que los lectores no se sobresalten ante las contradicciones de su relato.
Qué brújula podría ordenar esa selva de historias, que a veces se enredan y se abren como un rizoma, es algo que sólo puede decidir un biógrafo talentoso. A comienzos de noviembre, tuve la fortuna de encontrarme con dos en un mismo día: Edwin Williamson, profesor de estudios hispánicos en Oxford y autor de una monumental y completa 700 páginas vida de Borges, y con Gerald Martin, profesor en Pittsburgh y autor de la aún no terminada biografía de García Márquez, la única aceptada o tolerada, como Martin subraya por el autor de Cien años de soledad. Ambos tuvieron la generosidad de acercarse a la conferencia que dicté en la universidad de Warwick, a la sombra de la casa natal de Shakespeare, en Stratford-upon-Avon.
A Williamson lo conocí en Rutgers hace casi una década, cuando estaba trabajando en su libro. A Gerald Martin me lo presentó el propio García Márquez, en 1994, con la recomendación de que respondiera a todas sus preguntas. Desde entonces, he vuelto a encontrarlo muchas veces en seminarios, congresos y celebraciones de familia, tanto en Washington, Pittsburgh y Nueva York como en Bogotá y en Cartagena de Indias.
La noche de mi conferencia, Williamson tenía que regresar temprano a Oxford y no se pudo quedar para la cena inolvidable que nos ofreció John King, uno de los ingleses que mejor conoce la cultura argentina del último medio siglo. Tuve, de todos modos, tiempo de comentarle que, en 1995, la obra de Borges seguía enseñándose en algunas universidades norteamericanas como si fuera parte de la literatura en lengua inglesa, por medio de traducciones que, a veces, enrarecían la límpida escritura del autor. ''Es el destino de los grandes'', me dijo. ''Algún día dirán que no nació en Buenos Aires sino en Ginebra o en Madrid, y habrá una disputa entre las ciudades, como sucede con Cervantes y con Homero.''
Con Gerald Martin desayuné a la mañana siguiente, y me enteré de las zozobras de su biografía, en la que lleva trabajando más de dos décadas. Su mayor problema es que el manuscrito tiene, hasta ahora, unas dos mil páginas y puede que sume cien o doscientas más en marzo de 2007, cuando el novelista cumpla 80 años y Martin considere que ya todo está dicho. Quedan pocos editores con el espíritu de aventura que necesita la publicación de una obra tan dilatada.
Al biógrafo se le han abierto puertas que García Márquez difícilmente abrirá a nadie más. A diferencia de Williamson, que nunca pudo hablar con Borges, Martin ha acumulado horas y horas de entrevistas. La familia entera del escritor le ha contado las infinitas fábulas caribeñas que alimentaron su imaginación. Si algún testigo le opone obstáculos o escamotea la escasa correspondencia que García Márquez ha dejado atrás, una llamada telefónica de providencia siempre le disipa los obstáculos. Circulan tantas historias inventadas sobre el autor que Martin ha debido verificar dos y más veces cada detalle. Las enfermedades y el amor son las zonas más resbaladizas y, para limpiar su relato de chismes, el biógrafo ha preferido atenerse sólo a los hechos que alcanzaron estado público sin ser desmentidos.
Contar una vida es una ceremonia teñida de prudencia. En homenaje a lo visible se suele omitir lo evidente. Muchas verdades que no pueden ser probadas se soslayan precisamente por eso, porque no hay acceso a las pruebas. Hasta la mejor de las biografías exhala un cierto aroma de parcialidad y aun de represión. El biógrafo está condenado a exponer datos y fechas, a desen­trañar el ser real de un hombre por medio de las huellas sociales que ese hombre ha dejado. Debe reducir la infinitud de una vida a un texto que es limitado y finito. Y, a la vez, sabe que ningún hecho revela la plenitud de la verdad cuando se convierte en lenguaje.
Podría decirse que hasta el más ambicioso de ellos emprende su tarea resignándose al fracaso. Algunas vidas de escritores han sido narradas con inteligencia y acopios documentales que parecen insuperables. Eso sucede, por ejemplo, con la de Richard Ellman sobre James Joyce, con la de George Painter sobre Proust, con la de Leon Edel sobre Henry James y, sobre todo, con la primera y mejor de todas, la que James Boswell dedicó a la vida de Samuel Johnson, en 1791. Lo que he leído de la obra de Gerald Martin y las versiones que conozco del Borges escrito por Edwin Williamson se acercan a esos modelos extraordinarios. Y, sin embargo, son sólo pliegues de una realidad mucho más vasta.
Alguna vez, en la adolescencia, leí los siete tomos de un diario minucioso en los que un caballero inglés describía cada una de sus aventuras eróticas con lujo de detalles. Era un admirable y monótono catálogo de perversiones en el que todo estaba a la vista, salvo el alma de la persona que lo había escrito. Los actos creaban un enorme vacío, dentro del cual no había nada.
En uno de sus textos apócrifos más conocidos, Borges imaginó un imperio de cartógrafos donde el afán por el detalle es tal, que se acaba por dibujar un mapa cuyo tamaño es igual al tamaño del imperio: un mapa inútil, que las lluvias y los vientos desgarran y que los años dispersan. Admiro los inmensos trabajos de Williamson y de Martin, pero ambos me parecen metáforas de esa batalla contra el viento que es el intento de apresar vidas enteras en la breve cárcel de un millón de palabras. Gerald Martin lo define mejor: ''He pasado veinte años de mi vida tratando de abarcar cada momento significativo para García Márquez. Cuando empecé, el género estaba en pleno auge. Ahora ha pasado de moda y me temo que mi trabajo sea pura hojarasca perdida en el oleaje de los libros''.
Por Tomás Eloy Martínez

30-11-2006
Fuente: Bitacora

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