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Aventura de otra página en blanco

Empieza el año, abrimos la agenda y nos prometemos no sólo una vida intensa sino también una voluntad inflexible con las pequeñas obligaciones cotidianas. Estimula saber que laten tantos proyectos.

A lo largo de la historia, dos metáforas sobre la vida humana se han revelado como las más persistentes. Están en el comienzo de la literatura, se repiten en los clásicos, pero no hacen problemas por alojarse en malos poemas o en conversaciones oídas al pasar.
La primera es la metáfora de la vida como sueño; acuñada para señalar la brevedad de la vida, la relatividad de los logros humanos, la irrealidad del mundo. La otra metáfora es la de la vida como libro, los años por venir como páginas en blanco.
La vida es sueño es la metáfora de un temor; la vida como libro en blanco, la metáfora de un desafío, un deseo de dar sentido, una paciencia. Decir que la vida es un sueño, que "estamos hechos de la misma madera que los sueños" es advertir, en los actos humanos, la irrealidad y la pesadilla.
Que la vida es un libro por escribir, en cambio, es la imagen de una voluntad y de un cierto libre albedrío. Si puede dejarse por escrito, no todo es tan volátil como los sueños, y nuestros actos son, para bien o para mal, significativos. Aunque esa metáfora también arrastra una idea de fatalidad, porque lo que se escribe no puede borrarse: en la vida real existen las gomas de borrar, pero en las metáforas no. Allí toda tinta (como toda sangre) es indeleble.
En la literatura y en el cine, estamos acostumbrados a narraciones que nos proponen la primera metáfora, como las novelas de Philip K. Dick o las películas que hablan de mundos virtuales, como Matrix.
En estas ficciones, los hombres son el sueño de las máquinas, o apenas el sueño de un sueño. No recordamos, en cambio, narraciones que propongan la vida como libro (excepto la literatura entera, que no deja de ser, incesantemente, la visión repetida de la vida como libro). Podemos imaginar, sin embargo, un argumento semejante, como si se tratara de un capítulo de "La dimensión desconocida" que vemos a la noche, en un televisor blanco y negro.
Un hombre tiene una colección de cuadernos escolares de distintos colores que llena con el relato, aburrido y sin sorpresas, de los sucesos de cada día. Previsor, ha reservado un cuaderno para cada año. A fin de año (supongamos, del 2006) decide, para cambiar un poco la rutina, alterar el orden, y comenzar directamente con el cuaderno que había reservado para el 2008.
Da cuerda a su viejo despertador de lata y se duerme. Bien entrada la mañana del 1ø de enero, lo despierta un despertador electrónico que no recuerda haber comprado: comprende que está en el año 2008, y que el cuaderno ha funcionado como una pequeña máquina del tiempo.
Al hombre le preocupa menos la explicación del prodigio que la necesidad de adaptarse a los cambios, de los que se va enterando de a poco. Son pequeños, casi insignificantes, un año no es un siglo, y no ha habido ni revoluciones ni descubrimientos extraordinarios.
A veces los otros lo ven un poco raro, porque dan por sentado algunas cosas que el debería saber y que no sabe. Sin embargo, a medida que pasan los años el hombre se obsesiona más y más con el año que se salteó.
Los otros siempre son un secreto: el hombre atribuye ese secreto al año borrado. Tiene la sensación de que en alguno de esos 365 días ocurrió algo fundamental, algo que explica su vida entera.
Llega diciembre, y el hombre se decide a recuperar el año perdido, aun a riesgo de cometer un error fatal que arruine su vida entera.
A fin del año 2014 toma el viejo cuaderno destinado al 2007. Se duerme casi de día, con una esperanza que de a poco se convierte en temor. Lo despierta el ruido a lata de su viejo despertador.
Pero nosotros no contamos con cuadernos mágicos y nuestro camino es vivir año por año, prolijamente, sin saltarnos ninguno. La agenda es la versión portátil de esa página en blanco que es todo año. Cuando la abrimos, nos prodigamos buenas intenciones: todavía estamos lejos de postergar las cosas fastidiosas y los trámites aburridos.

Nos prometemos no sólo una vida intensa sino a la vez una voluntad inflexible con las pequeñas obligaciones cotidianas, que, esta vez sí, cumpliremos en el plazo estipulado; propósitos que son, por supuesto, inconciliables, porque nadie ha encontrado todavía conexión alguna entre el deber cumplido y la aventura, entre la asistencia perfecta y la felicidad.
Pero con la agenda en blanco, hasta eso parece posible.

Por Pablo De Santis. Escritor

02-01-2007
Fuente: Clarin.com

 

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