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A la sombra de Hemingway

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A la sombra de Hemingway

Leonardo Padura. Adiós, Hemingway. Tusquets, 2006.

La vida de Hemingway sirve de pretexto para crear una historia. ¿Un ajuste de cuentas con la mítica figura del novelista? Lo es. Leonardo Padura (La Habana, 1955) disecciona la presencia de Ernest Hemingway en Cuba, como si en el fondo deseara quitarse una piedra que le molesta a cada paso que da. Construida desde la frontera del amor-odio, el escritor se ocupa de escudriñar lo que ocurrió entre el 2 y el 3 de octubre de 1958, en la Finca Vigía. Es la fecha en que un supuesto agente secreto del FBI murió asesinado y la noche que el autor de París es una fiesta decidió poner fin a su vida con un revólver calibre 22.
El asunto detectivesco le brinda la oportunidad a Padura para que haga su aparición, de nueva cuenta, un personaje que destaca en otros de sus libros: Mario Conde, un investigador que conserva la cautela y el olfato de un atento lector, que seguirá las pistas literarias y extraliterarias alrededor del mítico escritor estadunidense. Conde es una suerte de Belascoarán Shine, de Pepe Carvallo, en apariencia acumula tropiezos pero en realidad así es su peculiar forma de llegar a innumerables certezas: es enamoradizo, bebedor de ron, amigable y buen observador.
Adiós, Hemingway cumple con el requisito de una novela, de esas que venden miles de ejemplares y que tarde se les hace para arribar a la pantalla cinematográfica. ¿Quién podría encarnar a Papa Hemingway, como le decían en Cuba? Quizá Padura emprendió el proyecto como un ensayo, y finalmente se instaló en la narrativa policiaca. Resulta cómodo para los autores refugiarse en la sombra de otro escritor: recuérdese El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta; Cóbraselo caro, de Élmer Mendoza y otras más. Por cierto, tanto en la novela de Mendoza (se ocupa de Rulfo) como en la de Padura, el lector se quedará con la duda de si en el fondo no son un reclamo oculto, pues ellos en sus libros jamás podrán escribir una línea como Rulfo ni como Hemingway.

Mary Carmen S. Ambriz

18-09-2006
Fuente: Milenio

 

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