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El método de José Pan

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El método de José Pan

Segunda parte de la entrevista al periodista colombiano José A. Castaño Hoyos, jurado de Literatura Testimonial

Tras La Isla de Morgan escribió Cuánto cuesta matar un hombre, libro de crónicas sobre Medellín con el que intenta señalar un punto álgido: “hay un origen social de la marginalidad en los barrios de Medellín que propició el armamento de los jóvenes. Hoy nos matamos menos, de 7000 asesinatos en 1991 a menos de 700 el pasado año, pero el drama social que dio origen a la crisis está intacto. Ese drama social producto de la marginalidad, de la falta de oportunidades, continúa latente y mientras exista junto a la posibilidad de más armamento, nuevos derramamientos de sangre resultan probables”.

En marzo, para la Feria del Libro de Bogotá, saldrá Noticias de la Sucursal del Cielo, crónicas de la ciudad de Cali. Trabaja en otro que publicará la editorial Planeta a fin de año: Confesiones de un revólver: crónicas de chicos malos latinoamericanos, para el que hizo un recorrido por Chile, Argentina, Ecuador, Perú…

“Debo ir este año a Ciudad de México y Sao Paulo. Para contar historias de los barrios más pleitosos del continente, pero no para detenerme en eso que nos hace semejantes, porque la violencia en América Latina tiene muchas semejanzas. Quiero detenerme en lo singular de cada caso”.

A todo esto, se suman sus crónicas para el periódico El Tiempo.

Hay un libro que he comenzado, Papá, no me olvides, sobre mi padre, muerto hace unos meses y que sufrió Alzheimer. Estoy haciendo otro con mis hijas, Pequeño manual sobre la distancia, en torno a la separación y los hilos que se mantienen. Y llevo varios años trabajando en una novela, Al fin la risa, que me ha costado trabajo porque la realidad en Colombia es tan contundente y asombrosa que novelar resulta a veces difícil”.

¿Has desarrollado algún método para entrar y salir ileso de los ambientes marginales?

—El haber vivido en un barrio con esas características durante 20 años me permitió desarrollar una habilidad de la que no era muy consciente y que he ido descubriendo con el tiempo. Llegar, hablar, incorporar los códigos; entender y hacer una lectura de gestos, situaciones y ambientes. Eso no lo aprendes en la universidad. Pero me preguntas por métodos. Primero, la sensibilidad. Ser humilde ante los otros. Cuando la otra persona entiende que tienes un interés genuino por escucharle, la comunicación fluye.

“Además, caminar mucho. En Colombia muchos periodistas llegan a la redacción a las nueve de la mañana y se van a las once de la noche. Se la pasan navegando por Google y recibiendo comunicados de prensa por correo o fax. Mucho de lo que hoy se hace en los periódicos de América Latina se escribe en las oficinas de prensa de ministerios, empresas estatales y privadas. Las grandes historias no llegan a las redacciones en boletines de prensa: están en los barrios, los prostíbulos, las cárceles, los hospitales, los parques, y el periodista tiene que estar ahí para recopilarlas.

“Todo hecho de violencia tiene una enseñanza. Hay un excedente pedagógico que los periodistas no siempre descubrimos o no estamos en capacidad de contar. Tendríamos que detenernos a entenderlo y transmitirlo. A fuerza de escribir tanto de violencia, y de haberla vivido tanto, deberíamos tener una mejor sociedad.”

En tu libro todos tienen alias… ¿Qué connotación tienen en Colombia?

—Hablé con gentes de la calle que llevan veinte años en la droga y no recuerdan su nombre por dejar de usarlo hace mucho tiempo, o producto de la desmemoria por la droga. Una vez le pregunté a un niño cómo se llamaba y me dijo “no me acuerdo, me dicen Popó”, y lo dijo como algo normal. En la época de Pablo Escobar todos sus lugartenientes tenían alias, y ahora los recordamos con cierta ironía pero entonces eran sinónimo de muerte, destrucción, sangre, dolor… El alias se usa para ocultar la identidad, para que el nombre real no se asocie a las conductas ilegales. También entre los paramilitares y en el mundo de los guerrilleros.

“Hay gentes de la calle que olvidan su nombre pues lo asocian a situaciones de dolor, maltrato, abuso sexual, golpizas, humillaciones, y asumen otra identidad porque, en efecto, se convierten en otras personas. Aunque nos cueste entender, los que están en la calle experimentan un grado de libertad que disfrutan, incluso a pesar del horror del hambre, de la suciedad y la enfermedad.

“En mi barrio yo era José Pan porque vendía el pan con mi padre. A veces he ido a cárceles y desde algún patio me gritan: «José Pan»... Algún amigo de la infancia que está preso hace muchos años.”

Se ha repetido que la droga es el origen de la violencia…

—La droga no es la causa, es un detonante que hace que el drama sea mucho mayor. El origen está en la falta de oportunidades para los jóvenes, en la falta de presencia del Estado, porque el Estado hace presencia en los barrios sólo a través de las facturas de los servicios públicos.

“A eso se limitó la presencia del Estado en muchos sectores por muchos años, algo que ha cambiado un poco, por suerte. No había escuelas, trabajo, vías públicas, vigilancia, políticas de recreación y deporte o de promoción de la cultura. Esa ausencia sí fue el origen del armamento de los jóvenes, y de que, para impartir algún tipo de justicia o normatividad, aparecieran grupos armados que impusieron, a su manera y según sus propios intereses, principios de convivencia a un costo muy alto en muertes. La droga irrumpe en los barrios y acentúa la violencia ya expresada de otras maneras.”

¿Hay real conciencia de la necesidad de poner coto a la violencia?

—En Colombia aún no tenemos algo importante en cualquier sociedad y que pudiéramos llamar censura social. Soy de los que cree que colombiano que mató a colombiano no puede representarnos en ningún cargo público. Una cosa es que lo perdonemos, pero otra es que le permitamos asumir cargos públicos. Y es el caso de políticos, funcionarios, miembros de grupos irregulares. Tenemos que negociar el fin de la guerra en Colombia, pero debemos dar a las futuras generaciones el mensaje de que las armas no pueden ser un elemento que valide la representación en cargos del Estado.

“Y está pasando ahora con los paramilitares, que han cometido cualquier cantidad de crímenes. Aspiran, tras el proceso de negociación, a llegar al Congreso de la República. Uno descubre personas que han estado involucradas en actos delictivos y tras pagar la condena siguen apareciendo como líderes en medios de comunicación. La sentencia penal se cumplió, pero no somos capaces de imponer una sanción moral, social. Hemos entendido la necesidad de terminar con la violencia, pero no la necesidad de censura para los que han sido violentos.

“Los ex presidentes de la República salen por televisión a dar cátedra sobre el Estado, cuando sus gobiernos fueron corruptos, violentos. Un cantante muy importante, Diómedes Díaz, fue a la cárcel porque se comprobó que asesinó a una mujer. Su salida, tras pagar la condena mínima, fue un festejo nacional, y salió vendiendo más discos, se hicieron conciertos especiales para él transmitidos en directo. Lo seguimos encumbrando como ejemplo. Los jóvenes en Colombia no han logrado entender que la violencia no paga, necesitan entenderlo, pero abundan casos publicitados como éste en que sí pagó.

“Uno ve ex ministros vinculados a escándalos de corrupción y de muerte, que después de unos años regresan al país y alcanzan alcaldías y gobernaciones. Alcaldes con decenas de cargos por corrupción y otros delitos que van ante la Justicia y al tiempo son electos nuevamente.

“Tras el proceso de negociación de las autodefensas con el Estado confirmamos algo que ya sabíamos: los grupos armados de autodefensa, que cuidaban los intereses de los sectores oligárquicos, estaban al servicio de las clases políticas tradicionales. No sólo cuidaban sus bienes, sino que obligaban a grandes sectores de la población a apoyarles en las urnas. La ley que el Estado escribió para su beneficio no contempla penas mayores de ocho años: para delitos de cientos y cientos de asesinatos, mutilaciones, crímenes. Eso nos tiene que producir, al cabo, un asco por la muerte que todavía no experimentamos.

“Al final, lo que han hecho los grupos de mercenarios, las autodefensas, los narcotraficantes, es trabajar en beneficio de los políticos. El presidente Ernesto Samper fue elegido en los ´90 gracias a una donación de cinco millones de dólares del cartel de Cali. En el denominado Proceso 8000, se comprobó que muchos funcionarios recibieron dinero de los carteles de la droga. Los políticos son lo peor que nos ha pasado en Colombia. Son quienes al final dan las órdenes, los que han fortalecido a los grupos armados de extrema derecha. El Estado es un gran botín que reparten a discreción. No es coincidencia que los grandes poderes económicos sean los grandes poderes políticos. Ganaderos pero también representantes a la Cámara. Banqueros pero también alcaldes.

¿Qué fue de las Cuevas de Barrio Triste y los bolas de churre?

—Ahí están. Las autoridades demolieron los muros, la gente se fue a la calle y luego no pasó nada. Después ha venido un alcalde distinto, proveniente de los sectores cívicos y no vinculado a grupos políticos tradicionales. Un hombre que no se ha robado plata, y eso es ya una rareza. La ciudad ha mejorado, y ha hecho algunas inversiones en el campo social. En Barrio Triste hizo un par de intervenciones, creó una ludoteca y una guardería de paso: los niños entran, dejan a la entrada la botella de sacol (pegamento tóxico con el que se drogan) y se bañan; su ropa, mugrosa, se la cambian por limpia… Pero quedan en libertad de regresar a la calle con su botella. Por supuesto, el tema no se va resolver de una alcaldía a otra. La ciudad sigue teniendo cuevas, no sólo en Barrio Triste. Es un drama de nunca acabar.

Siguen siendo cientos de personas…

—Siguen siendo cientos y cientos, y cada vez más… La gente va y viene.

Mickey Mouse, tu guía a las Cuevas, dice que a punta de crónicas y libros no se cambia el mundo. ¿Para qué haces este trabajo que implica riesgos? ¿Qué experiencia has sacado de la muerte ante los ojos, del miedo, del peligro?

—Siempre tengo miedo. Y me he salvado de muertes. Mis hijas casi mueren en un atentado en el que murieron cuatro personas y hubo disparos de fusil y un par de granadas que no explotaron. Laura tenía cuatro años y Alejandra dos. No era contra nosotros, sino contra un vecino que de cierta manera estaba vinculado con mi trabajo. Otra vez casi me fusilan unos guerrilleros por entrar a un territorio vetado. Un día entré por un camino minado a un pueblo sitiado por las FARC al que se dirigía el Ejército, historia que aparece en La Isla de Morgan.

“Ese tipo de cosas estúpidas e innecesarias las he hecho. Ya no tanto. Me cuido y razono más. La esperanza es una opción en muchos países, en Colombia es un deber. Me impongo la esperanza como un deber diario. Tengo que creer que las cosas van a mejorar. Con mi trabajo por supuesto que no creo que cambiaré el mundo, pero intento cumplir con mi deber. ¿Servirá? No sé. A veces pienso que sí. En una escala minúscula, microscópica, pero lo hago.”

por Deny Extremera

03-02-2007
Fuente: La Ventana

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