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''La literatura es un sitio de una libertad radical''

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''La literatura es un sitio de una libertad radical''

Entrevista a la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, jurado de Novela del Premio Casa de las Américas 2007

Uno escribe para saber qué preguntar. La escritura vuelve enigmáticas, interesantes otra vez, las cosas que parecían explicadas. Nunca se sabe qué puertas va a abrir. Ese sentido de incertidumbre —una libertad que a veces es un vértigo y puede causar espanto—, es algo que no encuentro en ningún otro lado. Es parte del aprendizaje vital y literario de Cristina Rivera Garza, una de las voces más subyugantes y cautivadoras de la narrativa latinoamericana actual, según juicios autorizados como el de Carlos Fuentes. ¿Cuál es tu relación con la literatura?... ¿Escribes para encontrar respuestas? ¿Para comunicar certidumbres o dudas? ¿Para entenderte a ti misma o a los demás?

—Es una relación compleja y total. Es un oficio en el sentido más material del término: hay que aprender cosas, afrontar la literatura como un sistema de producción de sentido, de significados. Pero en general creo que sigue funcionando el viejo cliché: uno escribe para saber qué preguntar. No creo que la literatura clarifique, o que enseñe; creo que nos hace el mundo más complejo, le añade matices a las cosas. Es una habilidad o capacidad importante.

¿Y como lectora?

—Si no hubiera leído desde niña no me habría gustado escribir. El deseo de escribir nace como una consecuencia de ese gusto por la lectura. Leía y era algo tan placentero que a una edad temprana pensaba que era algo sencillo. “Voy a dedicarme a esto”, me decía. Idea peregrina, porque no es nada sencillo. Y creo que mi trabajo como escritora tiene mucho de leer. Si pudiera lo haría todo el tiempo. No sólo lo disfruto sino que me mantiene alerta, me hace problematizar el mundo, volverlo un sitio enigmático, que creo es una función importante de la literatura. Es decir, las cosas que parecen explicadas, que parecen estar ahí, la escritura las vuelve enigmáticas, interesantes otra vez.

¿Qué lugar tiene para ti el lector, la otra persona, a la hora de escribir?

—Un lugar muy importante. Y no lo digo en el sentido de ventas, del mercado y la gente que trata de manipularlo. A eso se dedican otros. En el momento de escribir, para empezar, uno se convierte en su primer lector. Hay un proceso de desdoblamiento en que uno se convierte en ese otro. Y creo que siempre hay un juego, puede ser perverso o placentero, con ese otro que lee. Y otra vez está el cliché: ese otro es quien completa el libro. Finalmente, es esta interacción silenciosa, muy íntima, de la lectura, la que da sentido a los libros.

¿Cuánto hay de propio en tus libros y cuánto de personajes que cobran vida propia y llegan a decir cosas que nunca se atribuiría a sí misma la escritora?

—Hace poco leyendo una entrevista a una escritora de Antigua, Jamaica Kincaid, decía “no hay nada en mis libros que no sea personal”. Y añadía: “Pero es una declaración que no estoy dispuesta a admitir, porque tendría que admitir cosas de mí que no quiero admitir”. Me parece una respuesta honesta. Si un libro va a emocionar, a lograr que dejemos de hacer otras miles de cosas para quedarnos a leer, tiene que ser muy personal.

«Pero la escritura no es un lugar de expresión en el sentido de “vengo a contarte de mí”, porque para eso tienes tus amigos, el teléfono. La escritura es un sitio de producción. A la par de que es el punto más personal, es también el lugar donde estamos interactuando con el lenguaje, donde nos volvemos a la vez más íntimos y más sociales. Y en esa frontera, tan movible y tenue, es que se mueve esta concepción de personajes.

«Por ahí he oído que no hay ninguna emoción que esté en un libro que no se conozca, aun cuando la anécdota sea distinta. Y no estoy tan segura. A veces uno va a los libros para conocer eso también: algo que sólo la escritura te puede dar, que no es sólo algo que se venga a verter en la escritura, sino que la escritura produce. Como un camino de ida y vuelta.»

En ese camino, ¿se llega a veces al punto de escribir con referentes en ideas o experiencias que no se contarían, por ejemplo, ni al psicoanalista?

—Ojalá… (Ríe)… No creo que la literatura sea un lugar de expresión, sino de producción. Hay cosas que la escritura te va dar y que tú no esperas. Lo decía Marguerite Duras, ir al libro e ir hacia la estructura para ver qué te depara ésta. Hay un cierto nivel de conocimiento con el que uno entra en un libro, pero también un gran sentido de asombro, de “a dónde voy a llegar con esto, dónde va a llegar la escritura con esto”. Es decir, a veces uno termina diciendo, “Ahhh, yo no fui, yo no fui, está ahí pero yo no fui”.

«Es interesante, porque vivimos en un mundo en el que tenemos planeadas demasiadas cosas. Hay una suerte de sentido de lo que ha pasado y lo que vendrá. Con sus salvedades, por supuesto. Pero la literatura es un lugar de una libertad radical. Uno entra ahí, y sí, hay cierta capacidad de saber, “quiero escribir sobre esto, y esto es más o menos conocido”. Pero uno nunca sabe qué puertas va a abrir, qué va a aparecer. Ese sentido de incertidumbre —que es una libertad que a veces es un vértigo, y puede ser espantoso también—, es algo que tiene la escritura que no encuentro en ningún otro lado.

«También se da esta interacción con el lector, esa comunicación de cierta forma mágica aún, a través de este objeto rectangular sobre el que ponemos manos y ojos y que permite esta interacción a distancia, una de las más íntimas. Son esas dos cosas: el momento de radical libertad y el momento de radical intimidad, las que producen el fenómeno de la escritura.»

En México se habla hace mucho de la música norteña, pero también se habla de literatura norteña o fronteriza…

—Ha habido muchas discusiones interesantes. Hace poco estuve en un congreso en Hermosillo, donde se reunieron creadores del norte y del sur de México para provocar un debate civilizado y profundo al respecto. No creo que los libros que se están produciendo en el norte del país sean todos iguales o correspondan a una sola factura. Hay una gran diversidad de temas, de búsquedas, y sería muy difícil agruparlos a todos como literatura norteña.

«Sí creo que ha habido un desplazamiento del poder cultural en México, que ya no sólo se centra en la capital, como lo fue prácticamente en su totalidad la experiencia del siglo XX, especialmente después de la revolución. En las últimas décadas se ha ido desplazando esta producción cultural por muchas razones: más apoyo económico a centros culturales en el norte, la situación geopolítica de la frontera como lugar de paso y de producción… Cuestiones tanto materiales como simbólicas. Estamos en un momento en que sí podemos hablar de un desplazamiento de estos focos culturales al norte del país, y especialmente al noroeste, la frontera Tijuana-San Diego, donde se están haciendo muchas cosas y no sólo a nivel literario, sino en la música, las artes visuales… Es un lugar muy intenso.»

Tus historias hablan con frecuencia de personajes atormentados, vulnerables, lugares opresivos, atmósferas tensas… Sin embargo, hay mucha interacción con la luz, y la lluvia llega en ciertos momentos y hablas mucho del aire, que tiene real peso en algunas historias…

—Casualmente, hace dos semanas estaba escribiendo algo sobre la respiración. Y estaba leyendo a un filósofo alemán que hablaba sobre el aliento de los libros y la respiración como un acto de la libertad, armando una metáfora en torno a la asfixia y lo que significa respirar y tener ese aliento. Me trajo a la mente cosas que había pensado pero que quizás no había sistematizado. Creo que escribir finalmente es una cuestión de respirar, de ir midiendo la oración con la respiración del cuerpo. Hay un paralelo entre esta libertad de la respiración y la libertad de la palabra, no lo había concientizado hasta hace poco.

«Y la luz y el paisaje son elementos que heredamos del romanticismo, que dejó una conexión muy fuerte, pero creo que cobra mucha importancia ahora en un mundo donde hay tantos desplazamientos, al menos en mi experiencia, que ha sido muy errante. La figura y la importancia del paisaje, de lo que se supone que se queda, que es estable, toma visos mucho más relevantes: qué nos puede decir el paisaje, cómo lo vemos, cómo lo construimos, cómo interactuamos con él, cómo nos lo llevamos también.»

Hablando de tu experiencia errante, nacimiento en frontera, mudanzas, habla bilingüe, moviéndote entre la historia, la sociología y la literatura, o mejor mezclándolas… En una época en que se habla tanto de identidad, ¿cuál es tu vivencia, tu conclusión personal?

—Me han interesado mucho trabajos recientes, de gente como Judith Butler, que han hablado de la identidad en términos muy fluidos, performáticos. Los estudios sociales me ayudan a entender un sentido identitario que es movible, relacional, y que, sin embargo, puede crear estos lugares de intimidad. Creo que es de los grandes retos que nos presenta el mundo contemporáneo, como readecuar conceptos que antes nos ayudaban a explicar un mundo mucho más estable, mucho más definido. Aunque, realmente, no creo que nunca haya sido estable o definido, creo que así lo veíamos. Creo importante ir capturando la manera en que vamos interviniendo en la vida social, en el espacio en que estamos, con la ayuda de conceptos cada vez más flexibles, con más poder explicativo…

Miguel, en el relato Manera insólita de vivir, afirma: “La nada, Carmen tiene razón, existe”… ¿Qué es para ti la nada?

—Sí, recuerdo, era un momento muy triste… Si yo supiera eso, qué cosa. Era un momento climático, se habían soltado amarras como reacción a la individualidad vacía… Eso debe ser la nada, soltar amarras, estar en absoluto aislamiento. Y sucede al final, o casi, ¿no?... Qué bueno que los cuentos tienen final, así, tan rápido.

Muy original lo de la Inquietante Semana de las Mujeres Barbonas, y algo que decía una de las participantes, “somos lúdico-práctico-críticas”…

—(Ríe)… Me interesa mucho la cuestión de género. Viví en Estados Unidos 15 años y cuando regresé a México, apenas hace dos o tres años, encontré que en general había poca conversación sobre asuntos de género. La existente estaba muy limitada a ámbitos académicos, no salía de ahí. Sigo pensando que es indispensable poner sobre la mesa de discusión pública estos asuntos. Y así, con unas amigas, ideamos una semana internacional en que hubiera una serie de mujeres de todas edades y distintas disciplinas artísticas: poetas, pintoras, actrices, teatreras, arquitectas, que nos pusiéramos barbas e hiciéramos textos, intervenciones de espacios y fotografías…

«El asunto era presentarnos toda una semana con barba y ver la reacción, tratar los temas de género, los trastocamientos de género de una manera lúdica, juguetona, pero también muy seria, crítica. Qué nos define como hombres o como mujeres en esta sociedad. ¿Están los límites tan establecidos realmente? ¿Rasero biológico? ¿Social?... Preguntémonos las cosas y hablemos, era el sentido de este happening… Conseguimos un espacio muy lindo en la ciudad de México, la casa refugio Citlaltépetl. Ahí colgamos las fotografías que muchas mujeres de México y del extranjero nos enviaron. Intervenimos las fotografías con barbas. Otras salieron a las calles. Todo relacionado con textos. Nos divertimos de una manera fabulosa y hubo mucha gente.

«No sé cuánto hayamos contribuido a traer el tema, pero durante una semana se habló de eso. Y el año pasado, como una secuela, celebramos la Semana Internacional de las Mujeres Invisibles. Y mucha gente decía “¿pero no es eso un pleonasmo?”. Me interesa mucho trabajar con otros, el trabajo colectivo. La escritura es a veces una actividad solitaria. Y eso lo disfruto mucho, pero en los últimos tiempos, de regreso a mi país, me ha interesado también crear este tipo de conexión vital, social, con gente que también está continuamente creando, investigando, haciendo.»

¿Qué influjo pudo tener una personalidad como Frida Kahlo en esta iniciativa?

—Fíjate que no pusimos ninguna fotografía suya. Pero seguramente ya la teníamos dentro de la cabeza, incorporada. Es nuestra gran barbona, la madre de todas las barbonas en México. Es interesante esto. En clases, siempre que paso por el México posrevolucionario, hablo de los muralistas. Al principio mencionaba a Diego Rivera y algunos alumnos me preguntaban sobre la esposa de Diego Rivera, “que se llamaba Frida Kahlo”. A últimas fechas, cuando toco el tema, me dicen de primera que había una pintora, Frida Kahlo, y luego, “y tenía un esposo, que se llamaba Diego Rivera”.

En tus novelas y relatos tratas mucho el tema del amor, del encuentro entre hombres o mujeres, e incluso, en Lo anterior, de la fase previa a que el amor se convierta en historia de amor. Y en varios relatos de Ningún reloj cuenta esto, asumes en primera persona historias contadas por hombres. ¿Cómo se siente narrar una historia desde la subjetividad de un hombre? ¿Con qué intención?

—Estamos produciendo personajes, habitando subjetividades. El que escribe tiene que estar listo para eso, para ser su contrario, ser otra cosa, ponerse en el lugar del árbol, de la silla, del zapato… Salir de ese “Yo” estable y casi cárcel es fundamental para quien escribe. De la misma manera en que Madame Bovary es creada por un hombre u Orlando por una mujer, no es asombroso, es parte intrínseca del oficio: ser capaz de interactuar e intervenir en esa subjetividad del otro.

Pero lo haces incluso en primera persona…

—Cuando escribimos, lo hacemos a partir de lo que sabemos, pero también de lo que no sabemos, e incluso de lo que creemos saber aunque no sepamos. Hay una serie de espejismos que funcionan continuamente, y creo que esta cuestión de género es un punto de partida, no de llegada. Me interesa hablar del tema, discutir, pero no creo que sean definiciones estrictas, hechas en piedra. Más bien creo que son parte de negociaciones cotidianas en las que intervenimos de manera muy activa y dinámica, constantemente. Cada minuto del día estamos tratando de definir esto. Hay una frase fabulosa de Milorad Pavic que decía: “Nadie puede ser hombre todas las horas, ni siquiera Dios”. Algo parecido ocurre en cualquier caso, ser hombre, ser perro, ser árbol…

En tu obra frecuentas personajes con problemas de identidad, y, por ejemplo, en Nadie me verá llorar y en La Cresta de Ilión las historias abordan el ambiente de hospital, de aislamiento, locura, enfermedad… ¿Has identificado en ti obsesiones, temas recurrentes?

—Esto está ya dicho, pero lo creo: los grandes temas siguen siendo la muerte, la enfermedad, el amor, la locura… Son los grandes temas que nos han abismado generación tras generación. Creo que el reto es hablar de ellos de manera contemporánea, aterrizarlos en este mundo que estamos viviendo. Son temas que han existido y seguirán existiendo.

«A mí sí me parece muy chistoso que tras escribir Nadie me verá llorar quería hacer otra cosa totalmente distinta, y con La cresta de Ilión pensaba que lo había logrado, hasta que comencé a escuchar comentarios. Te juro que no me había dado cuenta: en ambos la acción tiene lugar en un ambiente hospitalario. Parece que estoy mintiendo, pero no, no lo había notado. En fin, eso es obsesión, si no fuera obsesión lo hubiera notado. Como es obsesión, no lo noto, es transparente.»

¿Cuándo y cómo decides que una historia será novela o cuento?

—Quisiera tener poder de decisión al respecto. Pero no creo mucho en esas definiciones externas al texto. A veces, para mí la única gran diferencia entre géneros es una nota suelta y un libro completo. Creo que si uno trabaja con una materia viva, es esa materia la que define qué termina uno escribiendo. Y si es algo que vale la pena, tendrá que encontrar sus propias reglas, su camino.

Has dicho que te gusta escribir historias “que se resistan a ser contadas”… ¿Qué de nuevo que se resista a ser contado hay por estos tiempos en el disco duro de tu máquina?

—(Ríe)… Es muy cierto eso de disco duro. Estoy escribiendo una novela que pensé estaba terminada porque le faltaban, pensaba, unas veinte páginas. Pero escribí un capítulo que me hizo entender que apenas estaba entrando en la novela. Todo lo demás era una preparación para llegar a ese punto de arranque. Apenas estoy descubriendo este nuevo impulso o repetida obsesión. Habrá que ver. Y va a llevar tiempo. Tiene título, eso sí. Se llama Las lectoras de Pizarnik. Hay mucha intertextualidad con la poesía de Alejandra Pizarnik, hay una detective, una especie de juego con la idea del thriller. Por ahora lo único que sé es que falta, que acabo de escribir el capítulo que significa que todo esto se retarde no sé cuánto tiempo.

por Deny Extremera

05-02-2007
Fuente: La Ventana

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