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El delirio sin freno de Lovecraft

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El delirio sin freno de Lovecraft

En marzo se cumplirán 70 años de la muerte de H. P. Lovecraft, creador de una cosmogonía ficcional que desplegó en más de un centenar de cuentos y novelas breves. Aquí, el retrato de un innovador del género de terror y de la literatura fantástica.

Sin embargo, todo razonamiento lógico parecía derrumbarse ante aquella ciclópea masa de bloques de piedra cuadrados, curvados y angulados. Era, evidentemente, la ciudad del espejismo convertida en objetiva e ineludible realidad". El párrafo pertenece a En las montañas de la locura, tal vez el más ambicioso de los relatos de Howard Phillips Lovecraft, de cuya muerte se cumplirán 70 años en marzo próximo, lo cual, con su obra dentro del dominio público, alimentará aún más su mito, que ha tenido muy pocos retrocesos en este más de medio siglo.

Terrores arcaicos

El párrafo es revelador de un estilo absolutamente típico y personal que sumó en partes iguales imaginación, delirios y adjetivos. Ese modo de escribir en el que abundan los arcaísmos (por ejemplo, escribir logick o magick, manteniendo la grafía antigua), las hipérboles y sobre todo una suma de calificativos que hablan de lo que no puede decirse (inefable, inenarrable) tiene varios orígenes posibles. Por de pronto hay que saber que Lovecraft tiene el privilegio de haber sido el único escritor del siglo XX en haber intentado fundar una cosmogonía.

Según lo que se recorre en el más de un centenar de cuentos y novelas cortas escritas por él y luego por sus seguidores, antes de la aparición de cualquier forma de vida sobre la Tierra, el planeta estuvo habitado por distintas razas de extraterrestres (los Profundos, los Antiguos, la Gran Raza). Esos seres no sólo han dejado restos arqueológicos de su presencia (por ejemplo en la Antártida) sino que reaparecen ayudados, generalmente de manera involuntaria, por seres humanos. Esa presencia estaría en la base de los cultos satánicos, de la brujería y de otras prácticas esotéricas que adquirirían así un sentido nuevo. Lovecraft lleva esta apuesta narrativa un poco más lejos. Por de pronto, plantear que lo humano es por completo ajeno a ese mundo. Escribe en una carta: "La tradición nada significa en términos cósmicos salvo una protección en contra de la sensación de desorientación en el tiempo y espacio sin fin".

Esos monstruos a los que no puede describirse sino como lo informe y lo inabarcable, carecen de valores asimilables a lo humano, por lo tanto no hay manera de comprender sus propósitos por lo que no queda otro camino que temerles o entregarse a ellos. La otra salida es la locura, la gran acechanza en los relatos de Lovecraft, cuyo narrador suele aparecer en la situación de dar testimonio de lo experimentado antes del naufragio definitivo de sus facultades mentales. Junto a esta eliminación de la dimensión ética de lo monstruoso, se vale de una idea de lo verosímil de cuño anglosajón: algo es cierto en la medida en que no pueda demostrarse su falsedad. Todo esto apoyado en una explosión científica de la primera mitad del siglo XX —la física cuántica, las teorías de Einstein— que pone en tela de juicio las viejas ideas acerca de los fundamentos del universo y que Lovecraft no sólo parece conocer en profundidad sino que incorpora como referencia permanente de sus textos.

Los límites de la locura

Si bien abundan las sospechas sobre la salud mental de Lovecraft, lo cierto es que siempre mantuvo esta cosmogonía dentro de los límites de lo ficcional, lo que le permitió además, generar una serie de referencias ficticias que van desde las pinturas y esculturas de Clark Ashton Smith, realizadas en verdad para ilustrar sus relatos y no los textos sagrados de sus criaturas, hasta libros apócrifos cuyo ejemplo más célebre es el Necronomicon, escrito por el "árabe loco" Abdul Alhazred, quien vivió en Yemen en el siglo VIII. El mismo Lovecraft revela que "hay una edición del siglo XVII en la Widener Library de Harvard y en la Biblioteca de la Miskatonic University en Arkham; y también en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires". Es una leyenda urbana que cada tanto alguien pide consultar este libro en alguna universidad norteamericana. Esta lista de poseedores del libro incluye, por supuesto, una pista falsa: no existe la ciudad de Arkham y tampoco la Miskatonic University, pese a tener un sitio en la web con himno propio. Por su parte, Arkham y sus alrededores parecen un paralelo en tono fantástico del ficticio condado de Yoknapatawpha, que aparece en las novelas de William Faulkner y que sirvió de inspiración a la Santa María de Onetti y al Macondo de García Márquez.

Extrañamente, la mezcla de referencias verdaderas y falsas abre la posibilidad del delirio sin freno, elemento en cual algunos han visto el valor mayor de Lovecraft y otros su costado más vulnerable. En la aventura literaria de este escritor de Providence en Nueva Inglaterra, que vivía con las persianas cerradas y que alguna vez fue ghost writer del escapista Harry Houdini, hay costados cuyo destino es casi una acusación.

En toda cosmogonía (y el peronismo es un buen ejemplo al respecto) se necesita un estilo fijo y una multitud de apóstoles. Durante su vida, y mucho más después de su muerte, un grupo de escritores se dedicó a seguir las líneas de esta suma inagotable de leyendas apócrifas. Ninguno de ellos salió de la sombra protectora de su maestro, ni siquiera Robert Bloch quien hubiera podido seguir otro camino luego de que Alfred Hitchcock convirtiera en una obra maestra su muy discreta novela Psicosis. Tampoco August Derleth, el más ortodoxo de sus epígonos y quien dio orden a las mitologías dispersas en sus relatos.

A la mediocridad de su descendencia literaria, se puede llegar a sumar el rechazo que podrían generar sus ideas políticas. El propio Derleth admite en La lámpara de Alzared —un cuento en homenaje a Lovecraft— que su siglo favorito era el dieciocho y que consideraba a la independencia norteamericana como el comienzo de la decadencia de su país. A esto se agrega su simpatía moderada por Hitler (abandonada muy pronto) y una adhesión abierta a Mussolini que lo llevó a plantear en La sombra fuera del tiempo que "el sistema político y económico de la Gran Raza era una especie de socialismo fascista, con los recursos más indispensables distribuidos racionalmente y el poder delegado en un reducido consejo de gobernadores elegidos por los votos de todos aquellos que pasaban con éxito determinados tests educativos y psicológicos". En ese mismo texto se habla de eugenesia. Y, finalmente, ni siquiera sus seguidores más devotos saben cómo exculpar su racismo. "Creo que su racismo es decepcionante no sólo porque lo expresaba con tanta frecuencia en sus textos y sus cartas, sino porque fue un área en la que se rehusó a modificar su pensamiento ante nuevos argumentos", acepta S.T. Joshi, su principal editor actual y anotador de su obra.

Cosmogonías con colores psicodélicos

Aun así, fue a la vez admirado y execrado por Borges (ver recuadro) y es una influencia permanente de ciertas zonas de la cultura popular norteamericana que incluyen nombres como Stephen King, Clive Baker o Ridley Scott, además de escritores de ciencia ficción que siguieron su idea de las cosmogonías alienígenas como Jack Vance o Samuel Delaney. Y es parte esencial del gótico americano. Tal vez a esto colabore su biografía, que tiene esos costados freaks tan al uso de estos tiempos.

H. P. Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, capital del Estado de Rhode Island, el más pequeño de los Estados Unidos, y la genealogía de su madre podía rastrearse hasta el "Mayflower", pero que se empeñaba en tratar de convencerlo que era feo y que no debía jugar con niños de clases inferiores. Además, lo obligó a llevar bucles hasta los seis años.

Cuando Lovecraft tenía tres años, su padre sufrió una crisis nerviosa (que muchos adjudican a la sífilis), lo que obligó a que lo internaran en el Centro Psiquiátrico de Providence, de donde entró y salió hasta su muerte.

Lovecraft fue un niño prodigio: recitaba poesía a los dos años, leía a los tres y empezó a escribir a los seis. Su pasión por las novelas policiales lo llevó a fundar la "Agencia de detectives de Providence" a los trece años, al tiempo que devoraba los libros de la biblioteca de su abuelo materno.

No asistió al colegio hasta los ocho años y tuvo que dejarlo después de un año por problemas de salud. La muerte de su madre en 1921 lo llevó a la bancarrota, lo que hizo que encontrara en la escritura —muchas veces por encargo— una forma de ganarse la vida. Tras un fracasado matrimonio con una mujer siete años mayor, se instaló en casa de sus tías y descubrió el placer de los paseos nocturnos por el bosque. No soportaba las temperaturas inferiores a los 20 grados. Murió de cáncer intestinal.

Su momento de mayor éxito fue en los 70, incluso en la Argentina. En el que quizás sea su relato más sorprendente: El color que cayó del cielo, aquí se exige al lector imaginar un color que no existe en el espectro (del mismo modo que en algún relato se debe reconstruir cómo es el "olor a reptil"). Un universo de sensaciones desconocidas en En las montañas de la locura se dice que "aquellas masas viscosas eran sin duda lo que Abdul Alhazred calificó de ''Shoggoths'' en su espantoso Necronomicon, aunque ni siquiera aquel árabe loco intuyó su existencia sobre la tierra, excepto en los sueños de los que habían masticado cierta hierba alcaloide". Tal vez sea un exceso interpretativo asociar la pérdida de color que narra Yellow Submarine (la película emblemática de la psicodelia) con ese color que no se sabe cómo imaginar. Pero sin dudas puede leerse a Lovecraft en una clave alucinada como si en él la locura controlada fuera un sucedáneo y un antecedente del LSD, lo que explicaría la empatía de época con que fue consumido (por no decir devorado) en aquellos tiempos previos a la decepción acerca de las posibilidades ilimitadas —química o no de por medio— de la imaginación.

El último avatar registrado del fenómeno Lovecraft es un libro de Michel Houllebecq, Lovecraft, contra el mundo, contra la vida, publicado en Francia en 1999 y aparecido en español en 2005, donde sostiene, luego de compararlo con Lautreamont y Kant, que "crear un gran mito popular es crear un ritual que el lector espera con impaciencia y al que puede volver con un placer cada vez mayor, seducido en cada ocasión por una repetición diferente de los términos, apenas modificados de forma tan imperceptible que le permiten calar en nuevas profundidades de la experiencia". Puede que sea tiempo de redescubrir esas profundidades.

Por Marcos Mayer

05-02-2007
Fuente: Clarin.com

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