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Colombia: Sidonie o la memoria de las víctimas

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Colombia: Sidonie o la memoria de las víctimas

Puede ser que la memoria en sí misma no sea un arma contra los procesos inconclusos, aquellos que, por diversos intereses, desaparecen en la niebla del olvido.

El Centro de Historia de Bello, una organización no gubernamental sin ánimo de lucro, realizó la semana pasada una conferencia con el escritor austríaco Erich Hackl, autor, entre otras novelas, de Adiós a Sidonie y Boda en Auschwitz.

La entidad mencionada tiene un lema: “Para que la memoria no se olvide”. Lo cual puede indicar una postura de alerta contra la indiferencia histórica, en particular en un país dedicado a sepultar en la oscuridad la memoria de las víctimas.

Adiós a Sidonie, una novela real, es la historia de una gitana, Sidonie Adlesburg, que solamente alcanza a vivir diez años (1933-1943) y muere de inanición en el campo de exterminio de Auschwitz. La reconstrucción de la vida de la pequeña, muestra la monstruosidad del régimen nazi, pero, a su vez, el fracaso de la solidaridad humana.

Cuando la memoria se hace dinámica, cuando no se convierte en una muestra de nostalgia o de apolillada galería de museo, es la posibilidad de elevar la dignidad y de prepararse para, cuando los acontecimientos que atentan contra ella se presenten, estar dispuestos a la resistencia. Y a la solidaridad.

Recordar la historia de las víctimas, su vida, sus destinos trágicos, sus momentos de alegría, desde la literatura o el periodismo, es una manera de contribuir a su permanencia. Y, a su vez, una forma eficaz de cuestionar a los verdugos. El austríaco, que emplea métodos de la historia para su literatura, advirtió que, por ejemplo, en Colombia se habla más de la víctima en términos de su muerte, de su desaparición, de los balazos o cuchilladas, o motosierrazos, pero no de la vida que tuvieron.

Ahora, para meternos un poco en la realidad contemporánea de un país pleno de desamparos, el caso de la bananera Chiquita Brands, que financió el paramilitarismo en Urabá, no hizo recordar sus negros antecedentes. ¿Por qué? Porque este es un país sin memoria.

Para casi nadie hubo una relación con la nefasta United Fruit Company, la que durante el gobierno conservador de Abadía Méndez, promovió y ejecutó una masacre de obreros bananeros en Ciénaga, en 1928. Y aunque la literatura, en el caso de García Márquez y Alvaro Cepeda Samudio, tiene muestras relevantes de aquella matazón, los periódicos (que poco contribuyen a la memoria) poco o nada se refirieron a ello.

Colombia, un país lleno de víctimas del poder o de los parapoderes, piensa más en el perdón y el olvido. Y en la impunidad. De pronto, se habla de una restauración o reparación de las víctimas, mas no de su historia: y ésta debe incluir a sus victimarios, el contexto en que realizaron sus desafueros. Y ahí, por ejemplo, tendría el periodismo una tarea fundamental.

Cuando en la pasada campaña presidencial, el presidente candidato Uribe acusaba a sus opositores de “comunistas disfrazados” había en su afirmación un esguince a la historia. Porque el término comunista, tan tergiversado por determinados poderes, tomó una falsa acepción criminal y de satanización.

Tiempo atrás, muchos habían caído en la trampa hitleriana de atacar todo lo que oliera a judío, gitano o comunista. Primero desde el lenguaje y luego con la acción había que borrar al posible opositor. Por eso no es raro cuando a éste, en el caso colombiano, se le trata de “terrorista en traje de civil”.

Quizá hoy resulte una anécdota recordar cuando determinados obispos, a fines del siglo XIX y parte del XX, señalaban que ser liberal era un pecado mortal. La denominada época de la Violencia también tuvo esa mentalidad: había que exterminar a los “rojos”, en medio de coros como Tú reinarás, mientras se les hacía el “corte de franela”.

La excelente separata publicada por El Espectador, en sus 120 años, presentó una muestra de lo importante que es la memoria para los pueblos. Muchos de los hechos ahí reconstruidos ya prácticamente estaban reposando en el olvido, que es una de las manifestaciones del infierno.

Tal vez para algunos jóvenes (hay unos que creen que el mundo surgió cuando ellos nacieron) haya sido una novedad inquietante saber acerca de Desquite y Efraín González, dos bandoleros de leyenda; o al enterarse de las prohibiciones de lectura de El Espectador realizadas por el obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo, hayan pronunciado un “no puede ser”, “qué tiempos bárbaros aquellos”.

Sin embargo, hoy, la intolerancia es peor. Lo mismo que la exclusión. Y las víctimas tienen que ser de nuevo victimizadas, como sucedió con la dirigente de desplazados Yolanda Izquierdo. Así que aquí, por falta de una memoria histórica, somos cada vez más incivilizados. Y lo más peligroso, es que ese tipo de desconocimiento del otro, del que piensa distinto, es aupado por las altas esferas del poder.

En la charla del escritor austríaco –en el auditorio había varias víctimas del conflicto armado nacional- se dijo que es una necesidad de los pueblos devolver la memoria a los atropellados, a los que han padecido injusticia, a los que han sufrido abusos y torturas y persecuciones del poder.

Es una manera de restituir la dignidad y de no perder las esperanzas de construir un mundo justo y de progreso para todos. También es la posibilidad de volver a creer en la solidaridad del hombre.

Por: Reinaldo Spitaletta

22-03-2007
Fuente: Argenpress

 

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