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El don de escuchar

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El don de escuchar

Pretender que la Literatura ingrese en la televisión aportando su extenso concimiento de la ficción será durante años un desafío improbable.

Oír y escuchar no es lo mismo, ya lo sabemos. El rumor de las voces, las copas que se golpean contra el plato o el ruido de algún cubierto en una cena pueden oírse sin demasiado esfuerzo si usted se encuentra en una ceremonia como la de la otra noche. Escuchar es distinto. Usted para escuchar se comprometerá a predisponer su cuerpo para tal fin. No bastará que sus oídos perciban el devenir de palabras de su interlocutor, sino que se tranquilizará un poco, disminuirá la ansiedad (ya sabemos que usted es ansioso) y le prestará definitivamente atención a lo que él dice, casi como si estuviera en pleno proceso de lectura de alguna obra de Saer o Cortázar. Pensará usted con algo de razón que uno exagera, pero tenga en cuenta que de esta manera nació y perdura la radiofonía. Uno no oye radio, la escucha. La única manera de que algo persista a través de la memoria es aquello a lo que alguna vez se le prestó atención. Y la radio, al igual que los libros, trasciende porque se le presta atención.

Ahora bien, todo regla tiene excepciones y la televisión es una de ellas. Parece ser que al hombre moderno se le hace difícil administrar más de un sentido por vez. Si se le congelan los dedos no se puede saborear como desearía un lomo al champiñón con papas a la crema y si uno come con placer aquel lomo cocido a punto no podrá escuchar a Cristina Mucci diciendo que hay un riquísimo movimiento cultural que la televisión comercial no refleja y la televisión pública sí. En todo caso será lo menos importante, porque para disfrutar de la cultura tenemos todos los demás espacios fuera de la televisión, como así también los libros y el cine. Pero no deja de tener razón Cristina Mucci al decir que el movimiento cultural en Argentina es muy rico en expresiones, aunque éste no va por los caminos de la televisión como casi nunca lo fue. Porque la televisión está concebida para aquellos que únicamente pueden mirar, no para los que pueden escuchar además de mirar ni muchos menos para los que se animan a leer además de escuchar y mirar. Y aquellos que únicamente miran no lo hacen porque no puedan escuchar, sino porque no tienen tiempo. Entonces a la gente que no tiene tiempo no se le puede dar otra cosa mejor que nada. Y la televisión cumple muy bien ese rol.

¿Cómo se puede concebir un programa en donde se hable de Saer si aquel que está del otro lado de la pantalla no tiene la menor idea de quién fue Saer, no tiene el tiempo necesario para leer o escuchar hablar de Saer ni tampoco le interesa aprender de Saer? Así nos privamos de Saer, a pesar de que la mayoría de los programas de televisión son ficciones y mucho podrían aprender del concepto de ficción de Saer, para que todos aquellos, los que se animaron a leer y escuchar además de mirar, no se sientan decepcionados con la ficción actual por considerarla vacía y previsible. Si no hay tiempo no habrá nada nuevo que aprender y por lo tanto seguiremos viendo las mismas cosas indefinidamente.

El problema está en considerar a un espacio cultural como fuente de aburrimiento en lugar de un abanico de posibilidades en donde el espectador pueda quedarse con algo productivo para su bienestar. Pero para eso es necesario escuchar. Tanto en la literatura como en la música, los actores de esas artes, cuando se encuentran, se escuchan. En la televisión, tal vez por el efecto de la costumbre, no se escuchan ni los unos ni los otros, como ocurre siempre en alguna entrega de premios, sino que se miran, convencidos de que el sentido estético que debe tener un artista es el sentido de la vista. Escuchar, en todo caso hablará de una humildad necesaria para alguna creación más grande e importante. Creer que se sabe todo hablará de una pobreza cultural únicamente aferrada a la masividad de los medios.

Por Ricardo Cardone

25-05-2007
Fuente: Escribirte.com.ar

 

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