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''Perder las Malvinas fue lo mejor para Argentina''

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''Perder las Malvinas fue lo mejor para Argentina''

Carlos Gamerro pudo haber sido convocado como soldado en la guerra contra Gran Bretaña por las islas Malvinas, en 1982, pero estaba en el exterior. Su literatura da cuenta de esa suerte, de esa experiencia personal ausente.

Carlos Gamerro nació en Buenos Aires el 16 de mayo de 1962. Fue demasiado joven para vivir el paroxismo militarista y la represión que azotó a los argentinos en los años 70. Por otra parte, pudo haber sido convocado como soldado en la guerra contra Gran Bretaña por las islas Malvinas, en 1982, pero estaba en el exterior. La literatura de Gamerro da cuenta de esa suerte, de esa experiencia personal ausente. Y por eso no deja de revisar, una y otra vez, esos momentos de la historia que marcaron a los protagonistas y a los testigos indiferentes. Con sus novelas Las islas, El secreto y las voces y La aventura de los bustos de Eva (editada en Barcelona) atravesó ese camino, con todas sus implicaciones, y se ha convertido en una de las voces más poderosas de la narrativa de su país.

En su novela El secreto y las voces se instala una discusión poco frecuente acerca de lo que les pasó a los argentinos durante la última dictadura (1976-1983). Esa novela alude, en cierta manera, al tema de la responsabilidad de la sociedad en la represión. ¿Usted cree que ese es un tema saldado?

Diría que es un tema que apenas ha empezado a plantearse. En un comienzo hay que ocuparse de las víctimas y de los victimarios: de reparar, si es todavía posible, a las primeras, y castigar a los segundos. Pero ¿qué se hace con los que no fueron ni una cosa ni la otra, los que en inglés se denominan bystanders? ¿Se los juzga? ¿Quién los juzga? ¿Una mitad del país a la otra, y después viceversa?

Allí aparece siempre la pregunta de cómo fue posible que miles de argentinos murieran y buena parte de la población siguiera con su vida.

Efectivamente. Los campos de concentración y de muerte no estaban escondidos en la Patagonia o sumidos en lo profundo de los cuarteles. Algunos eran simples casas de barrio. ¿Nadie sabía nada? ¿Todos sabían y se hacían los distraídos? Y de los que sabían... ¿todos callaban por miedo? ¿Por anuencia? ¿Por convicción de que lo que se hacía estaba bien? Me parece que la ficción, justamente por ser un discurso que puede moverse por fuera de la doble exigencia de la verdad y de la ley, tiene la posibilidad, quizá no de responder, pero sí de plantear esas preguntas.

En su caso, ¿es una obsesión personal abordar esa década maldita que va de 1973 a 1983?

Supongo, porque nunca me lo propuse. De saber que iba a ser así, quizá ni habría empezado. Tengo sentimientos encontrados: como puro escritor, me parece una época fascinante. Por otra parte, como persona, a veces estoy harto. Quiero un descanso. O un final. Tengo la sensación de que la novela en la que estoy trabajando en la actualidad, Un yuppie en la columna del Che Guevara, va a cerrar un poco el ciclo.

Acaba de reeditarse en Buenos Aires Las islas, que ha sido considerada una gran novela de culto, y que comienza su saga. ¿Fue el ajuste de cuentas de alguien que pudo ir a la guerra?

Lo curioso es que, originalmente, estaba planeando una policial, variante de novela negra, y en algún momento lo de Malvinas se me coló por la puerta trasera. Suelo decir que es una novela autobiográfica en negativo, la historia no de lo que me pasó, sino de lo que me pudo haber pasado, o, en este caso, de lo que me tendría que haber pasado si el dedo del destino hubiera sido un poco menos descuidado -soy del 62, pero estaba con prórroga universitaria-. Además, hay un tema familiar, por mi bilingüismo, mi educación inglesa. De hecho, mi abuelo materno es de Gibraltar, o sea, de alguna manera un kelper (ciudadano de segunda). Un español que se las daba de inglés, además, así que se puede decir que el conflicto Malvinas yo lo llevaba en la sangre.

¿Y qué significan para usted las Malvinas, 25 años más tarde? Los argentinos viven hoy atravesados por la evocación de esa guerra.

La guerra de las Malvinas no es adecuada como bandera antiimperialista, sino todo lo contrario: es el símbolo de la estúpida presunción de los militares latinoamericanos, de creer que podían jugar ellos a ser la potencia imperialista, que podían copiar a sus señores. Argentina, en los 80, es lo mismo que Irak en los 90. Malvinas señala el momento en que esa epopeya llamada la Argentina potencia que todos anhelamos se reescribe como farsa. En ese sentido, perder las Malvinas fue lo mejor que nos pudo haber pasado.

Suele oírse decir que, gracias a la derrota militar, Argentina recuperó sus instituciones democráticas.

Personalmente, ese es un comentario que me irrita: les quitamos las islas, pero recuperaron la democracia. Gracias, no hacía falta que se molestaran. La democracia la recuperamos nosotros, ¿no? Incluso si a los militares les hubieran salido bien las cosas la habríamos recuperado: nos habría llevado un poco más de tiempo hacerlo, pero no íbamos a vender a los 30.000 desaparecidos, a los chicos privados de identidad, los cientos de miles de exiliados, por dos islas de mierda llenas de pingüinos (esta definición es de Julio Cortázar). ¿O sí?

Por Abel Gilbert

26-05-2007
Fuente: El periódico de Catalunya

 

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