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La literatura argentina en su laberinto

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La literatura argentina en su laberinto

Una pregunta crucial que debemos formularnos es a qué obedece que la gran literatura argentina haya caído en una suerte de entropía durante las últimas décadas.

La década del 60 traza un hito en el último medio siglo de nuestra cultura. En cine, un grupo de jóvenes entusiastas rompió con los cánones tradicionales del producto comercial y comenzó la búsqueda de un tono más artístico. Basta recordar La casa del ángel y La Caída, de Leopoldo Torre Nilsson; Prisioneros de una noche y Tres veces Ana, de David José Kohon; Los jóvenes viejos y Pajarito Gómez, de Rodolfo Kuhn; Alias Gardelito, de Lautaro Murúa, o Crónica de un niño solo y El dependiente, de Leonardo Favio. Al mismo tiempo que este grupo reaccionaba contra el lucro descarado y se lanzaba a una renovación estética y narrativa, florecían los cine-clubes que, por afuera de los circuitos ortodoxos, se erigían como zonas de resistencia: verdaderas jabonerías de Vieytes, al decir de Paco Urondo. Más tarde, Torre Nilsson cedió a la tentación de realizar películas complacientes como El Santo de la espada o Güemes, La tierra en armas. Al respecto, Rodolfo Kuhn denunció: "La industria tradicional tenía más plata para conseguir premios con coimas, tenía mejor controlados los circuitos de exhibición... Quiso hundir al cine de ideas y lo hundió. Algunos productores... sucumbieron al camino más fácil del cine deformador. Otros no filmaron más".

En la misma década, las artes visuales vivieron una época gloriosa. El Instituto Di Tella, dirigido por Jorge Romero Brest, conmovió la escena. Nacieron el informalismo, la neofiguración, el arte destructivo y el arte político. Figuras muy jóvenes y vanguardistas como Keneth Kemble, Alberto Greco, Jorge de la Vega, Antonio Berni o Antonio Seguí introdujeron nuevos soportes y revolucionaron de cuajo la estética preexistente. Los ecos de ese movimiento resuenan aún hoy en la exhibición de Luis Felipe Noe que se inauguró recientemente en el Palacio de Correos de Buenos Aires.

En materia de literatura, los 70 fueron absolutamente revulsivos: Cortázar publicó Final del juego, Los Premios y Rayuela; Sabato, nada menos que Sobre héroes y tumbas; Borges, El Hacedor y El otro, el mismo; Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo; y Manuel Puig irrumpió en el ambiente literario con La traición de Rita Hayworth. Se vendían decenas de miles de libros de esas obras culminantes. Y podríamos añadir a Marco Denevi, a Beatriz Guido, a Silvina Ocampo, a Olga Orozco, a David Viñas, a Rodolfo Walsh, a Antonio Di Benedetto y a muchísimos más. El teatro atravesó una etapa excepcional. La revista Sur tuvo su época de oro y sus números eran esperados con ansiedad en toda Latinoamérica. Victoria Ocampo recibía en su casa a los grandes intelectuales del mundo; Borges dirigía la Biblioteca Nacional, y revistas como Contorno despertaban polémicas memorables.

El segundo gran hito de la cultura argentina se produjo en la década del noventa y revela una curiosa asimetría. En el cine, volvió a producirse un movimiento muy rico, que deliberadamente eludió los circuitos tradicionales de la industria, siendo quizás el caso más emblemático el de Raúl Perrone, que venía exhibiendo sus películas en el espacio Giesso o en el Instituto Goethe y que, en 1994, un lunes, estrenó Labios de churrasco en el Cine Lorca, con dos fugaces funciones. Fue surgiendo así un conjunto de artistas originales e independientes, cuyas temáticas abordaban los problemas que acucian al hombre en nuestro tiempo. Así, cabe mencionar Buenos Aires, viceversa (Agresti), Pizza, birra, faso y Bolivia (Caetano), Balnearios (Llinás), Felicidades (Bender) y, el punto quizás culminante: La Ciénaga (Lucrecia Martel). Cuando los multimedios advirtieron que este cine más potente resultaba taquillero, se subieron a la marea y acompañaron proyectos como Un oso rojo (Caetano) o El bonaerense (Trapero).

En la órbita de las artes visuales, los noventa constituyeron también un mojón. Bajo el aliento del Centro Cultural Rojas, floreció una pléyade de artistas que produjo una torsión en la estética y en las narrativas. Toda esta corriente fue llamada arte light, y es su ironía hacia el consumismo y la artificialidad un mensaje cuya decodificación aún hoy resulta difícil. Poco importa, en rigor, si fue un aplauso o una crítica a lo que se vivía en la década menemista; lo dirimente es que ese movimiento revitalizó el panorama y hoy Pombo, Gordín, Siquier, Macchi, Di Girolamo, Constantino, Marcaccio y tantos noventistas entrañan un capítulo insoslayable de nuestras artes.

Y llegamos así a la asimetría cuya explicación buscamos. El campo literario no sólo no acompañó este boom cultural de los noventa sino que claramente produjo un retroceso. Primero dejó de publicarse poesía y luego esta bulimia se fagocitó el cuento, bajo el pretexto de que estos géneros "no venden". Los premios literarios comenzaron a estar sembrados de sospechas, plagios y manipulaciones. Los talleres literarios se deslizaron al plano de la escolaridad. Y las editoriales comenzaron a requerir una suerte de escritura delivery, que consiste en pedirle al escritor que realice obras a medida, sugiriendo el argumento completo y hasta monitoreando su elaboración. Para colmo, por una necesidad de producción en escala, la narrativa solicitada tiende a ser aplicable a distintos países, con lo que se estandarizan las temáticas y se les quita autenticidad.

Rescato novelas como El Pasado, de Alan Pauls, o Crímenes Imperceptibles, de Guillermo Martínez, pero no sólo parecen pocas sino que, además, carecen de la visibilidad de la que sí gozaban los escritores sesentistas. Marcelo Cohen es un autor de culto, cuyas obras barrocas son casi secretas. César Aira escribe nouvelles interesantes pero limitadas, que son festejadas por un manojito de fieles. Abelardo Castillo o Andrés Rivera hace más de una década que no producen ningún cimbronazo editorial. Héctor Tizón no sólo es un escritor regional sino que ni siquiera vive de la literatura, pues ejerce su profesión de juez. Respecto del teatro, basta mencionar que el Nacional Cervantes de Buenos Aires está cerrado. En la otra orilla, Federico Andahazi, Martín Caparrós y un ejército de obedientes seguidores de Dan Brown, o de un Umberto Eco mal leído, sí consiguen vender novelas pasatistas elaboradas bajo los dudosos estatutos del delivery literario, algunas de las cuales llegan a exhibirse en envases como si fueran comestibles. Un nuevo género, el libro periodístico, no puede alojarse en los parámetros de la literatura. Y hasta escritores jóvenes van quedando enredados en estas trampas: tal es el caso de Juan Terranova, que empezó publicando ficciones experimentales y acaba de sacar un relato periodístico sobre una mujer norteña que dice tener visiones de la Virgen María.

Es evidente que el cine ha logrado resistir, escabulléndose en los intersticios que va ofreciendo la industria, refugiándose en espacios alternativos, mientras que en las artes visuales los coleccionistas y curadores constituyen un núcleo aristocrático que logra operar con mayor rigurosidad, a punto tal que la popularidad no garantiza al artista ni el prestigio de los círculos áulicos, ni una buena cotización.

Pero la literatura, en cambio, cayó sumisamente en la telaraña de la demagogia. Y si bien el mercado es buen regulador cuando se trafica lechuga o acero, y la democracia es útil para seleccionar gobernantes, en materia cultural no ocurre lo mismo. Mientras en los años sesenta los intelectuales guiaban al pueblo trazando la cartografía, en las últimas décadas se ha invertido este proceso. Ahora es el público el que ejerce una función ortopédica sobre el escritor, vampirizándolo. Hay, por ende, literatura seria para quinientos consumidores y un mercado serio para libros que no merecen el calificativo de literarios.

Por Marcelo Gioffré

24-06-2007
Fuente: La Gaceta

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