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El mundo de los otros, del argentino Vicente Battista, continúa vendiéndose en las librerías de Cuba

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El mundo de los otros, del argentino Vicente Battista, continúa vendiéndose en las librerías de Cuba

Vicente Battista procura la perfección del cuento en la economía de palabras, mediante la brevedad de sus capítulos cortos y también a través de la búsqueda de la exactitud.

Por una de esas dichas del azar pude leer el libro de cuentos El mundo de los otros (Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006), inmediatamente después de la novela Gutiérrez a secas, tras años sin haber saboreado nada del argentino Vicente Battista, a no ser su anterior compendio de cuentos El final de la calle y algunos de sus artículos para revistas o periódicos bonaerenses. El trago doble me permitió corroborar —no pocos lectores coinciden conmigo—, que Battista, más allá de sus cuatro novelas publicadas, tiene el sino y el signo de un cuentista.

Incluso él mismo ha sostenido que la más reciente de ellas, la mencionada Gutiérrez a secas, procura la perfección del cuento en la economía de palabras, mediante la brevedad de sus capítulos cortos y también a través de la búsqueda de la exactitud.

Su selección cuentística El mundo de los otros, donde reúne lo más sobresaliente de la producción suya dentro del género, es un glosario de los diversos motivos temáticos y formas narrativas que enardecen o encaminan la pluma del escritor. Aquí Battista no se atiene a una ortodoxia escritural y ni siquiera intenta mantener un mismo tono general dentro del cuerpo de la obra.

De sus creaciones narrativas emerge un coro polifónico en las voces de personajes, cuyo arco vital (o el espacio de este recogido en el cuento) está desembozadamente vinculado a la frustración, las humillaciones vitales, las traiciones, la violencia y la muerte: la materia de los sueños de cualquier narrador desde que existe la literatura.

En su cuarto libro de cuentos, el autor de Los muertos incorpora textos de clara filiación policíaca (uno de los campos recurrentes en su ejecutoria), otros de corte fantástico, algunos inclasificables a no dudarlo... Pero, sin demeritar inclinaciones semejantes, sus instantes de esplendor se desgranan en otras piezas. Por ejemplo, Nacimiento, la desgarrante experiencia de un niño con un pederasta que lo sodomiza mientras le muestra un pesebre navideño.

Battista describe aquí el angustioso momento por el cual transita el muchacho, con dosis de información sumamente estrictas y mesuradas, que no dan espacio siquiera para anatematizar de forma directa a la institución religiosa, pero a nadie se le escapa que está estableciendo un símil con la cadena de abusos sexuales a niños escenificada durante los últimos tiempos por curas de diferentes iglesias, sobre todo norteamericanas.

Habitan en las 206 páginas de este libro, cuyas cargas de dolor son atemperadas por antónimas cargas de humor, cuentos irónicos de humor negro (El mejor amigo); breves cuanto mágicas creaciones sobre el amor en la pareja hasta el último instante de la vida (El cantar de los abuelos); líneas rebosantes de nostalgia en torno a la fugacidad de la fama, las personas y su presencia misma, vista esta en la línea de la existencia de los otros (El cuarto de las fotos); textos sobre las curiosas y a veces fatales confusiones (Un día después)...

Battista utiliza una prosa directa, sin ripios ni hojarascas, que se limita a exponer la situación, recrearla y pasar al punto de quiebre del cuento, sin perder el resuello ni distraerse en el camino, por intermedio de un lenguaje fruicioso ("toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira"), con guiños e interconexiones referativas a Maupassant, Borges, Poe, Chéjov, Kafka y Jim Thompson, en lo fundamental.

El ya imprescindible en la narrativa argentina contemporánea Vicente Battista (Buenos Aires, 1940), más allá de algún texto descartable y una que otra mentirita genérica —dos o tres cuentos que en verdad no son tales, sino más bien relatos— germina en El mundo de los otros un exponente recomendable del género que vibra en su nervio e imanta en su ritmo.

Por: Julio Martínez Molina

06-10-2007
Fuente: Juventud Rebelda

 

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