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La revolución en bicicleta - Capítulo I

Mempo Giardinelli

Aquella mañana de sábado del verano de 1976, el Mayor del Ejército paraguayo Don Juan Bartolomé Gaite se levantó más temprano y más malhumorado que de costumbre. Salió al patio, descalzo, en camiseta y calzoncillos, contempló el cielo sin nubes y estiró los brazos hacia atrás, befando ruidosamente. Después vio a Bolito, el mayor de sus seis hijos, quien tomaba mate bajo el naranjo, despreocupadamente, y observó cómo se cortaba las uñas de los pies con las de la mano.

—Pelotudo —pensó, luego de analizarlo durante unos segundos. Bolito era gordo, de carnes blandas, ojitos hundidos y tenía el pelo siempre revuelto como quien acaba de despertarse de una pesadilla.

Dejó de mirarlo, suspiró meneando la cabeza y caminó hacia el baño, una prisma de ladrillos sin revoque, a una docena de metros de la casa. Mientras orinaba, supuso que ese día tampoco habría, aunque un mes ya era demasiado tiempo.

El río —ahí, a cincuenta metros— andaba lentamente, gredoso, turbio, en un silencio sólo quebrado por el esporádico salto de un bagre. El calor no era todavía riguroso, pero la ausencia de brisa indicaba que en pocas horas más el verano se repetiría como casi todo el año, todos los años.

Del otro lado del río, el monte se veía sucio, de un verde empolvado por la acción del viento, agresivo y desprolijo como todos los montes del Chaco. Una cotorra jugueteaba sobre la arboleda, solitaria, y en algún lugar se confundían el canto de un jilguero con el grave croar de un sapo macho.

Salió del baño y se dirigió al depósito de herramientas, un tinglado sobre cuatro estadas de urunday, y se lavó la cara en la palangana. Se secó con una toalla limpia, de las que Élida cambiaba cada noche, y decidió que no iría a la ciudad a comprar las provisiones para la semana. Que fuese ella, o que mandase a alguno de los chicos. Sin noticias, el no tenía humor suficiente como para pedalear siete kilómetros de ida y siete de vuelta. Tomaría unos mates y luego se dedicaría a preparar un poco más de barro, a cortar algunos ladrillos y a controlar cómo estaban las cosas en el pisadero. Eso haría. Y mejor que a nadie se le ocurriera modificar sus planes.

—¡Bolito! —Gritó, mientras se calzaba un gastado pantalón de brin y cambiaba la camiseta por una guayaba blanca, limpia y demasiado almidonada para su gusto—. ¡Quiero un mate!

El muchacho se puso de pie sin sobresaltarse y, lentamente, entró a la casa con la pava y el porongo, para cambiar el agua y la yerba.

Bartolo fue hasta el naranjo y se sentó en la silla de tijera. Las tablas estaban aún calientes. "Gordos al cuete", pensó, asintiendo varias veces, con una mueca mezclada de resignación y rebeldía. Se tocó la perilla y tocó su barba; no se afeitaba desde hacía casi una semana. Después se ajustó la dentadura y recordó los tiempos en que se podía cortar las uñas con sus propios dientes, cuando estaba nervioso, es decir, casi siempre. "Con esta mierda de prótesis no se puede", se lamentaba en silencio. "Cosas de viejo", pensaba luego. Siempre pensaba lo mismo.

También él estaba gordo. Debía pesar más de ochenta y cinco kilos y, sin embargo, no era tan alto. Sus músculos, a los sesenta años, parecían adormecidos, como los de un adolescente en los primeros minutos que siguen a una eyaculación. Tenía muchas arrugas alrededor de los ojos y, dentro de ellos, un velo como de tristeza impaciente que los opacaba. Su pelo, negro como los ojos, se estaba poblando de canas. Las manos regordetas, ajadas, duras como sus pies casi siempre descalzos, mostraban callos que parecían retazos de una caparazón de tortuga descuartizada. Se tocó los bíceps, el abdomen y, finalmente, se alisó el pelo mientras reconocía que estaba empezando a deprimirse.

Bolito regresó y le entregó un mate, que tomó ruidosamente, frunciendo la cara al gustar el amargo sabor de la yerba. Entonces se escuchó que dentro de la casa Élida se calzaba los zapatones de madera y empezaba a despertar a los hijos, aunque estaban de vacaciones y no era indispensable que se levantaran tan temprano. Después salió al patio y miró a su marido, a Bolito y al horizonte con el ceño arrugado por una mueca de fastidio. Se dirigió al cobertizo, donde se demoró lavándose la cara. Mientras se acomodaba la blusa dentro de la falda, saludó:

—Buen día, Pastor.

Desde una vieja y oxidada llanta de bicicleta sin rayos, Pastor repitió, con voz gangosa:

—Buen día, Pastor —y volvió a rascarse las plumas de las alas.

Élida acercó una silla y se sentó junto a Bartolo. No se saludaron, pero al cabo de unos minutos, ella dijo:

—Ni vinieron. Hoy tampoco.

—No. Todavía no. Pero es temprano.

—Todos los días hay un momento en que es temprano, Bartolo. Porque todos los días son exactamente iguales. Pero ellos nunca vienen. Ni temprano ni tarde. Como la fortuna. Eso es lo que pasa y yo siempre lo digo.

—Vos siempre decís lo mismo.

—Mirá quién habla.

Él sorbió un mate, en silencio. Casi treinta años a su lado —un decir, porque por lo menos cinco habían estado separados—le servían suficientemente para darse cuenta de que no debía responder. Élida, por su parte, tenía el mismo convencimiento: era mejor que él no la contrariara. Aunque no lo soportaba en silencio. En realidad, no lo soportaba. Lo quería y lo admiraba, indiscutiblemente, pero siempre estaba alerta, siempre se repetía que así debía ser porque vivir con ese hombre no había sido lo que se dice una paz de primavera en un cementerio.

—Dame uno —pidió, acomodándose con las manos el pelo negro que le caía sobre los hombros. A pesar de las canas, su cabellera todavía era hermosa, capaz de rejuvenecerla lo suficiente como para desmentir los años que delataban las arrugas de su cara.

Bartolo le extendió el porongo, sin mirarla. Ella giró la cabeza y observó a su alrededor: la quinta de naranjas y hortalizas estaba en un calamitoso estado de abandono, la casa seguía con los ladrillos sin revoque, la tranquerita rota continuaba esperando que alguien se ocupara de ella. Trescientos metros hacia el Sur, sobre el camino, los dos yeguarizos en el pisadero, flacos y cansados, las carretillas, las palas, los moldes y esa pequeña parva de ladrillos que en cualquier momento llegaría a retirar Manuel con su viejo camión, le resultaron un cuadro decadente. Se sintió súbitamente nerviosa, excitada, y empezó a taconear.

Devolvió el mate a su marido y, por un instante, sus miradas se cruzaron.

—Qué te pasa.

—Nada —dijo él—, que estás belicosa. Y yo también.

—Y por qué si se puede saber

—Porque ahí en el baño hay una revista Selecciones y ya les tengo recomendado que acá no quiero Selecciones. Lo hacen a propósito, para joderme. ¿Quién la trajo?

—Qué sé yo. Vos te preocupás por cada cosa.

—¿Y por qué querés que me preocupe? ¿Te parece poco un Selecciones de mierda, después de la noche que pasé?

—El baño está tapado, y eso es más grave. Hay olor. Y la tranquerita, ¿cuántas veces te pedí que la arregles, eh? Y las hormigas se van a comer todos los naranjos y la lechuga si nadie se ocupa de ellas. Claro... total, a vos no te importa, estás en cosas más importantes. El señor está pensando en la revolución antiimperialista. Pero mientras tanto acá no qué comer. Y si no tenemos naranjas, si no tenemos verduras, si no se producen ladrillos, no sé cómo vamos a sobrevivir. Y no me digas que estoy diciendo tonterías; es muy serio el asunto. Y eso no es todo, porque...

—Terminala, Élida.

—No, voy a seguir —y taconeaba, frenéticamente—, voy a seguir porque ya van dos horneadas que se te queman...

—El barro me salió mal mezclado, lo sabés. No conseguimos buena carbonilla.

—Claro, y tampoco conseguiste cascarilla de arroz. El día que premien a los caballos, vos te vas a disfrazar de vaca. Siempre te faltan cinco para el peso.

—Terminala, Élida. Guarda.

—No termino nada, Bartolo, vos no te das cuenta, pero no sólo no tenemos poco para comer, sino que van a venir en cualquier momento a desalojarnos y no lo vamos a poder impedir. Porque no tenemos ni un peso, ni influencias, ni nada. Y somos extranjeros. Entonces yo no entiendo cómo vos podés preocuparte por una simple revista. ¡Qué sé yo quién la trajo, ni me importa!

—Pero es una Selecciones de mierda —protestó Bartolo, dando un puñetazo sobre su muslo.

Cebó otro mate y lo tomó, serenándose. Élida empezó a limarse el juanete del pie derecho, suspirando con resignación. Durante un rato, lo único que se escuchó fue la voz gutural de Pastor, que seguía repitiendo "buen día. Pastor; buen día, Pastor". Al cabo, Bartolo dijo:

—Va a llover. Me duele la bala.

—¿Querés que te friccione? —preguntó ella, abandonando el juanete.

—No, gracias, es inútil. Ese médico me engañó; me dijo que nunca me iba a doler, que no había necesidad de sacarla, que me olvidara. Pero la hija de puta bala se encarga de que la recuerde cada vez que está por llover, desde hace trece años.

Ella le acarició una mano.

—¿Y cuándo vendrán, Bar?

—Vaya a saber. A veces cero que me están tomando el pelo. Hace nueve años que no pasa nada, que la revolución parece detenida, como si el Paraguay fuera un país perdido. Y de repente llegan con la noticia de que se prepara un alzamiento, de que hay que apoyar, conseguir armas, entrar clandestinos, volver a combatir... Lo de siempre. Lo que no es de siempre es que yo ya no puedo andar de acá para allá.

—¿Creés que esta vez será un intento serio?

—Siempre lo creo. Yo no tengo la culpa si me traicionan, si soy un perdedor.

—¿Pero vendrán esta vez, te lo aseguraron?

—Te lo conté veinte veces, Élida. Todas las mañanas te repito lo mismo: me pasaron la información, me pidieron reserva y dijeron que venían, pero no dijeron cuándo. Y cambiemos de tema.

Se puso de pie y se dirigió a la rueda donde estaba Pastor, con la pava y con el mate, cebando mientras caminaba, pensando que nueve años habían sido demasiado tiempo sin noticias. A su edad, cada día, cada semana, era un paso hacia el final. Siempre había sido así, sólo que antes no se daba cuenta. Esa era la sabiduría de la vida: la madurez y la vejez eran empezar a comprender las cosas, a medida que había más para mirar hacia atrás. Lo malo era que, cuando a uno la vida ya le parecía aterradoramente corta, cuando todo lo pasado parecía nada más que una ráfaga de ansiedades acumuladas inútilmente, cuando en cualquier momento podía escaparse, esfumarse como un flato, estaba condenado nuevamente a la espera, a la ansiedad. Algo que jamás había tolerado. Entonces la sabiduría no servía para nada.

Se detuvo frente a Pastor, que lo miró primero con un ojo y luego con el otro, mientras abría el pico como en una carcajada muda.

—Ser viejo es peor que ser gaucho —le dijo, y sorbió el mate mientras lo miraba, convencido de que lo entendía porque los dos envejecían juntos, porque el loro ya era adulto cuando se lo regalaron, en Concepción, hacía como treinta años, una noche de kermesse a beneficio de las fuerzas armadas revolucionarias y después de un campeonato de tiro al blanco en el que salió segundo, detrás de un sargento Arévalo, un peticito cuyo recuerdo se tornaba borroso pero al que suponía muerto en la batalla de Puerto Rosario.

A él mismo le pareció que esa escena matutina se repetía demasiado, en los últimos tiempos. Era irremediable que terminara por ponerse peligrosamente nostálgico, agresivo, porque todos los recuerdos de su vida se agolpaban y confabulaban para adueñarse de su presente. Y eso era malo, porque cuando la pobreza se mezclaba con el esplendor de las batallas, cuando su uniforme de fajina y la banda tricolor que había lucido una sola vez en el pecho se confundían con la camiseta agujereada que vestía cada mañana y todo eso se convertía en sujeto de su presente, inexorablemente se sentía desnudo, insignificante, concluido.

—Como para decepcionar a un cabo recién condecorado —le dijo a Pastor.

—Buen día, Pastor —contestó el loro—. Buen día, Pastor.

—Buen día mis pelotas.

Fue a ponerse las zapatillas azules, las de trabajar.

En el camino hacia el pisadero, pensó que no era posible que todo fuera en vano otra vez. Se preguntó dónde estaba su optimismo, si lo había doblegado los disgustos y las derrotas, o el ver morir a tanta gente. Pateó un terrón, que se desintegró unos metros más allá. "Todo un militar —se dijo—, destinado a morir pobre y vencido. Me cago en Stroessner".

Ya en la ladrillería —si podía llamarse así a ese terreno cenagoso, a esa pequeña carpa bajo la cual se guardaban unas pocas herramientas y los moldes de madera—, se preguntó si realmente tenía ganas de trabajar. Había que buscar y encontrar buena tierra, pelearla y llevarla al pisadero —ese pequeño circo de seis metros de diámetro—, dentro del cual los dos caballos daban vueltas, enceguecidos, preparando la mezcla. Esa mañana le tocaba ir en busca de tierras arcillosas, para unirlas a la tierra negra que obtenía en la orilla del río. La mezcla se hacía a ojo, por carretilladas, y luego se agregaban las ligas de barro, para darle mayor consistencia. Generalmente se usaban virutas de carpintería que traía Manuel en su camión, cada tanto, cuando recogía los pocos ladrillos útiles de cada última horneada y se los llevaba para comercializarlos. También traía carbonilla o cascarillas de arroz, para elevar la temperatura de cocción una vez que se encendía el fuego. Todo se hacía a puro cálculo, según el tipo de ladrillo que se quería obtener. Y ése era el problema: que Bartolo siempre fallaba en sus cálculos y la mayoría de los ladrillos resultaban demasiado quebradizos y no servían.

De todos modos, trabajó poco más de una hora, pensado que él no tenía toda la culpa, que también era una cuestión de mala suerte, esa vieja conocida, y que algo le decía que esa horneada saldría buena.

Después se sentó bajo el toldito, junto al pisadero, donde el calor sólo era un poco menos insoportable. Buscó dentro de un cajón. Sacó un cigarrillo, arrugado, la caja de fósforos y un grueso libro de tapa dura.

"Ya falta poco para terminar de leer todo —pensó—; mierda que escribió el Lenin éste". Entonces encendió el cigarrillo, porque sólo fumaba cuando leía, abrió el libro y antes de concentrarse en la lectura se dijo que, después de todo, ese exilio no había sido tan inútil. Iba por el tomo treinta y seis.

Una hora más tarde, lo distrajo la llegada del menor de sus hijos.

—Hola, mi general —saludó Raulito, metiéndose bajo la carpa.

—Hola, m’hijo —respondió Bartolo, abandonando la lectura con una sonrisa—. Pero soy Mayor nomás.

—¿Qué te parece, está como para comenzar?

Bartolo miró hacia el cielo, por encima del chico, calculó que serían las ocho y media de la mañana y asintió.

Raulito separó una porción de barro fresco, recién pisado, a unos metros de la carpa y, con un molde de algarrobo, comenzó a formar pequeños prismas negros y a ordenarlos de costado.

—Papá —llamó, luego de unos minutos—. ¿Vendrán hoy?

—Quién sabe.

—¿Y para cuándo será la cosa, eh; para el invierno?

—Dijeron que esa decisión la tomaría yo, como comandante en jefe.

Ambos hicieron silencio, mirando fijamente el barro que el muchacho tenía enfrente. Hasta que éste dijo:

—¿Y por qué será que no vienen, eh?

Bartolo se rascó la nariz. Con el pulgar se levantó la dentadura.

—No sé —dijo—, y es lo que más me preocupa. Quizá tuvieron problemas. Pero sería demasiada mala suerte, ¿no?

Raulito volvió a su trabajo, mientras Bartolo lo miraba con inocultable admiración. Era el menor de los varones, de apenas trece años, expresivos ojos negros y un cuerpo flaco, espigado, de piernas nudosas, de esas en los que nada es particularmente atractivo, ni especialmente bello, pero cuyo conjunto resulta imponente, cuya presencia pasa jamás inadvertida. Se estaba convirtiendo en un práctico cortador pero no era sólo por eso que Bartolo lo distinguía. Ciertamente, aunque reconocía que era otra demostración de su arbitrariedad, no ocultaba sus preferencias por ese hijo. Amaba su compañerismo, la abnegación y el empeño con que trabajaba, y hasta ese parecido físico y temperamental que los igualaba: los dos eran vehementes, tesoneros, apasionados y capaces de abandonar cualquier cosa y de darlo todo por lo que juzgaran válido. Y también amaba ese supuesto generalato que Raulito le endilgaba con orgullo, seguro que porque todavía no terminaba de comprender que un militar no vale por su grado, sino por sus acciones.

—¿Qué te perece, eh?

—Qué cosa —preguntó el muchacho, alzando la vista.

—Lo que dije recién —Bartolo tenía los ojos húmedos; había en ellos un brillo no habitual y una ansiedad francamente cabalística—. Vos escuchaste.

—Ah, sí —dijo Raulito—, sería demasiada mala suerte.


Mempo Giardinelli
La revolución en bicicleta (1980)

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.: Sobre Mempo Giardinelli
Mempo Giardinelli Mempo Giardinelli
Argentino Argentina
1947

Mempo Giardinelli nació en Resistencia (Chaco) en 1947. Vivió en Buenos Aires entre 1969 y 1976, estuvo exiliado en México entre 1976 y 1984, y cuando regresó fundó y dirigió la revista "Puro Cuento" (1986-1992).
Ha publicado varias novelas, ensayos y cuentos, y escribe regularmente en diarios y revistas de la Argentina, España, Chile y otros países. Sus obras están traducidas a una veintena de lenguas y han recibido diversos galardones, como el Premio Nacional de Novela (México, 1983). Por su parte, Santo oficio de la memoria obtuvo el VIII Premio Internacional "Rómulo Gallegos" 1993.
En 1996 donó su biblioteca personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación, con sede en el Chaco, dedicada al fomento del libro y la lectura, y a la docencia e investigación en Pedagogía de la Lectura.
.:Ver más sobre Mempo Giardinelli
 
.: Obras de Mempo Giardinelli
1980 La revolución en bicicleta
1981 El cielo con las manos
1983 Luna caliente
1984 El Género Negro (Ensayo sobre novela policial)
1985 Qué solos se quedan los muertos
1991 Santo Oficio de la Memoria
1992 Así se escribe un cuento
1995 Imposible Equilibrio
1998 El País de las Maravillas. Los argentinos en el Fin del Milenio
1999 El Décimo Infierno
2000 Final de novela en Patagonia
2002 Diatriba por la Patria. Apuntes sobre la disolución de la Argentina
2003 Cuestiones interiores
2003 México: El exilio que hemos vivido (En colaboración con Jorge Luis Bernetti)
2004 Visitas después de hora
2004 El país y sus intelectuales. Historia de un desencuentro
 
.: Textos para leer de Mempo Giardinelli
La revolución en bicicleta - Capítulo I (Novela)

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