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| Martes 24 de octubre de 2017
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Ese hombre

Rodolfo Walsh

El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga.
En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando.

Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano.


-Lo estaba esperando -dice.


-Tenía muchos deseos de conocerlo -aseguró.


Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio.


Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno.


-¿Café? -dice-. ¿Coñac?


Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables.


-A los imperios no los derriba nadie -dice-. Se pudren por dentro, se caen solos.


Solos, pienso.


Parece que adivina.


-Cuando alguien los empuja -dice, recuerda-. En este continente yo los he enfrentado -dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café.


-Café sin cafeína -dice el Viejo-. Es más sano. Mire Vietnam -dice.


Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm.


-Los militares yanquis -explica- son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército.


Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara.


-Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete.


Toma su café sin cafeína.


-Ya no les quedan amigos en el mundo -dice.


-Si estos se salvan -dice- será porque tienen dos océanos de por medio.


-Pero a usted lo derrocaron.


-A mí me derrocó la Sinarquía -aclara-. Después vinieron a buscarme. Los yanquis -dice, rememora-. Cuántas veces.


-Y usted.


Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo.


El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma.


-Me los manda Fidel -dice el Viejo-. Cómo están por allá.


-Siempre preguntan por usted.


Es cierto: siempre preguntan por él.


-Esperaban su visita -digo.


-Me hubiera gustado ir -suspira-. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú.


El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar.


El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de -un adversario que evolucionó-, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos.


-Tenía el fuego sagrado -dice el Viejo-. Lástima que no trabajara para nosotros -y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe.


-Él pensaba que había que apurarse.


-Sí, pero ya ve.


-Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros -digo-. Por eso estaban apurados.


-La guerra es larga -responde sin apuro.


Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante.


Si él quisiera, pienso.


La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista.


Pero el Viejo vuelve, se sienta.


-Otro café -dice.


De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe.


-Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo.


-Cuándo entonces -digo.


-Yo he esperado mucho.


Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos.


El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína.


-Es un buen muchacho -sugiere-. Le voy a contar un chiste -sugiere.


Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa.


Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone?


-¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario -dice el Viejo-. -Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria?


Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero.


Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer.


-Esa mujer -digo.


Su cara es gris. Una muralla.


-Creo que la quemaron -dice.


-No la quemaron -fantaseo-. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre.


-Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá.


-Y los otros muertos -quiero saber-. Los fusilados, los torturados.


Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes.


-El pueblo pedirá cuentas.


¿Cuándo?


-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57.


¿Por qué no ha vuelto a salir?


-Porque yo no he querido -dice.


¿Cuándo, general, cuándo?




Rodolfo Walsh
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.: Sobre Rodolfo Walsh
Rodolfo Walsh Rodolfo Walsh
Argentino Argentina
1927 - 1977

Rionegrino, nacido el 9 de enero de 1927, en Lamarque, (el cual al momento de nacer y hasta 1942, llevó el nombre de “Pueblo Nuevo de la Colonia de Choele Choel”). Hijo de Miguel Esteban Walsh y Dora Gil, ambos de ascendencia irlandesa, fue y es para muchos el mejor ejemplo de intelectual comprometido y ético que ha dado la Argentina en los últimos 50 años, un modelo a imitar no sólo por su compromiso con la verdad, sino también por su valentía como periodista, investigador, escritor, crítico y militante revolucionario.
A los 17 años comenzó a trabajar en la Editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas, y a los 20, comenzó a publicar sus primeros textos periodísticos. Más adelante, en 1950, conoció a Elina Tejerina en la Facultad de Filosofía y Letras y ella fue la madre de sus dos únicas hijas. La Plata fue el lugar que eligieron para vivir y criar a María Victoria y Patricia. En 1953 publicó su primer libro: “Variaciones en rojo”.Viajó a través de su profesión por el mundo y realizó proyectos periodísticos de gran importancia en la América latina de los 60-70. Su obra recorre especialmente el género policial, periodístico y testimonial, con admirables obras como Operación Masacre y ¿Quién mató a Rosendo? Walsh fue una mezcla increíble de periodista comprometido y excelente narrador.
En 1970, militó en el Peronismo de Base, hasta que en 1973 decide unirse a la organización político-militar Montoneros. En estos años, enseñó periodismo en villas miseria y editó el “Semanario Villero”. En Montoneros ingresa con el grado de Oficial 2° y el alias de Esteban. Crea un sector del departamento de informaciones del cual será responsable. También integra el equipo que funda el diario “Noticias”, órgano de prensa que presentaba los puntos de vista de su organización del cual se convierte en redactor. Walsh no sólo hacía periodismo, aunque algunos busquen acotarlo a esa etiqueta ocultando su rol de militante popular. Era también un destacado escritor que supo mezclar la ficción aplicándola a la realidad. En el mundo de las academias de periodismo se enseñaba la obra de Truman Capote, «A sangre fría» (1966) como la primer novela periodística, inaugurando un género que sería explotado de ahí en más. Pero esto fue producto de entregarle el premio a un escritor de un país central. Sin quitarle méritos a Capote, en los últimos años y en el mundo entero, «Operación Masacre» es aceptada como la primer obra en su género y Walsh como fundador del mismo, y camino que seguiría transitando en trabajos como «¿Quién mató a Rosendo?» o «El caso Satanowsky».En Cuba fundó la agencia Prensa Latina junto con su colega y compatriota Jorge Mascetti. Había decidido que no sería nunca más un simple observador privilegiado del mundo, sino que quería formar parte activamente de él: como jefe de Servicios Especiales en el Departamento de Informaciones de Prensa Latina, usó sus conocimientos de criptógrafo aficionado para descubrir, a través de unos cables comerciales, la invasión a Bahía de Cochinos, instrumentada por la CIA. El 25 de marzo de 1977 un pelotón especializado emboscó a Rodolfo Walsh en calles de Buenos Aires con el objetivo de aprehenderlo vivo. Walsh, militante revolucionario, se resistió, hirió y fue herido a su vez de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito lo que sería su última palabra pública: la Carta Abierta a la Junta Militar.
.:Ver más sobre Rodolfo Walsh
 
.: Obras de Rodolfo Walsh
1953 Variaciones en Rojo
1953 Diez cuentos policiales
1957 Operación Masacre,un proceso que no ha sido clausurado
1957 Antología del cuento extraño
1964 Operación Masacre y el expediente Livraga.
1965 Los oficios terrestres
1965 La granada
1965 La batalla
1967 Un kilo de oro
1969 ¿Quién mató a Rosendo?
1973 Caso Satanowsky
1973 Un oscuro día de justicia
1987 Cuento para tahúres y otros relatos policiales
1995 Ese hombre y otros papeles personales
1995 El violento oficio de escribir
2007 Operación masacre
 
.: Textos para leer de Rodolfo Walsh
Capítulo 23: La matanza (Crónica)
Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar (Carta)
Cuentos para Tahúres (Cuento)
Cuentos para Tahúres (Cuento)
Ese hombre (Cuento)
Los nutrieros (Cuento)
Rodolfo Walsh ()
 
.: La voz de Rodolfo Walsh
Capítulo 23: La matanza
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